REFLEJO | Page 46

RAÚL

Raúl era un niño muy inquieto. Su padre se fue tres meses antes de su nacimiento, su madre, Mónica, estaba inconsolable, sus abuelos decidieron apoyarla, realmente ellos lo educaron.

Raúl conoció a Gerardo cuando tenía tres años: era un año más grande pero siempre fue su mejor amigo. Vivieron la mayor parte de su infancia juntos, nunca se olvida la primera amistad. Gerardo comía en casa de Raúl todos los días, jamás le llamó la atención que un niño tan pequeño no estuviera con sus padres, no pasaban por él a la escuela, no comían con él y parecía que vivía muy cerca de su casa pues se iba caminando solo todas las tardes.

Gerardo o Jerry, como le decía Raúl, era muy popular. Le presentó a sus cuatro amigos más cercanos, algunos eran muy raros. Gerardo era el líder de “la banda”, Juan el más pequeño, Tomás, el callado, Arturo era muy inteligente y siempre tenía un Boing de guayaba en su mochila y Octavio, siempre vestía una prenda de Batman, a veces una playera, otras hasta la máscara y no se la quitaba en todo el día.

Octavio desaparecía días enteros y a nadie le llamaba la atención, Raúl pensaba que sus ausencias en la escuela y a las salidas en grupo eran por alguna enfermedad, pero nunca quiso preguntar.

El apodo de Raúl era “Jefe”. No cuestionaba el motivo pero le gustaba, creía que no tenía algo que lo caracterizara en el grupo, su presencia era insignificante. Esa sensación provocó que todos los viernes los invitara a su casa, todas las pijamadas fueron ahí. Sus abuelos disfrutaban de tener a todos sus amigos. Cenaban, la comida siempre alcanzaba a pesar de no tener mucho dinero, jugaban escondidillas y se dormían a las 11 de la noche. Se iban muy temprano, cada sábado en la mañana despertaba y el único que seguía ahí era Gerardo.

Cuando Raúl tenía ocho años Octavio desapareció, pasaron semanas sin verlo y a nadie le llamaba la atención, ni a los maestros ni a sus amigos, era como si no les importara. Raúl comenzó a preocuparse, no quería preguntar, decidió esperar un tiempo.

El segundo en desaparecer fue Tomás, dejó de ir a la escuela y una vez más nadie mencionó nada. Raúl estaba cada vez más consternado, pero no sabía dónde vivía ni quienes eran sus padre o si tenía hermanos en la escuela para preguntarles. Se dio cuenta que ni siquiera conocía los apellidos de sus amigos.

Tres semanas después, Juan fue al baño durante la clase de matemáticas y nunca regresó. Raúl lo buscó por toda la escuela, no encontró un solo rastro. Ya era suficiente, habló con Gerardo.

-¡Jerry! Juan se ha ido, no puedo encontrarlo por ningún lado.

A lo que respondió:

-A veces se van, lo importante es que tú los recuerdes. ¿Me prometes que lo vas a recordar?

Raúl lo prometió, pero su respuesta lo confundió aún más ¿Por qué no le importaba dónde estaban sus amigos? Eso no tenía sentido.

No pasó del siguiente día en desaparecer Arturo, ahora era sólo Gerardo y él. Su temor se incrementó, quería mucho a sus amigos pero no iba a permitir que algo le pasara a su mejor amigo. Le pidió que se quedara a dormir toda esa semana en su casa, Gerardo accedió sin siquiera preguntarle a sus padres.

Pasaron lunes, martes, miércoles y jueves, para el viernes los nervios de Raúl habían disminuido. Siguieron la rutina de viernes, esta vez ellos dos solos. A la mañana siguiente Gerardo no estaba, ni su cama improvisada, ni su mochila, ni su cepillo de dientes de repuesto, nada, había desparecido por completo.

Raúl lloró el día entero, no entendía cómo ni por qué sus mejores amigos se habían ido, dejándolo completamente solo.

Han pasado muchos años, Raúl es ahora un adulto. Es veterinario, está casado y tiene tres hijos. Cumplió la promesa, nunca olvidó a su primer mejor amigo: su hijo mayor se llama Gerardo y como su padre tuvo muchos amigos imaginarios en la infancia.

Amanda Safa