REFLEJO | Page 43

Cuando tenía tan sólo nueve años fui con mis hermanos y algunos vecinos al mejor mirador del Ajusco, que se encontraba a unos minutos de mi casa, si bien estaba cerca yo nunca había ido, el lugar era extraño, la calle de terracería y había unas torres de alta tensión que limitaban la vista. Además pertenecía a otra colonia y eso nos obligaba a estar más atentos pues la zona no es muy segura y las peleas entre bandas callejeras son comunes.

Al llegar notamos que era un lugar hermoso, pero para ocho niños de entre nueve y catorce años la vista no entretiene mucho y rápidamente estábamos muy aburridos. Fue entonces cuando el más pequeño, Cristian, tomó un palo y lo lanzó a los cables, logró golpear uno y salió una pequeña flama, para los niños el fuego puede ser muy divertido. Todos comenzamos a lanzar palos, cada vez más grandes y lográbamos llamas más impresionantes.

Sentí una sensación rara en el estómago y volteé a ver a Ángel, de 10 años, tenía en la mano una rama bastante grande, como de dos metros, la acercó a uno de las cables y antes de que llegara a tocarlo salió un enorme rayo que se dirigió a la punta de la rama.

Ángel comenzó a moverse y de pronto cayó como una tabla. Me acerqué, vi que tenía la cabeza llena de sangre y los ojos muy abiertos, me movió hasta ponerse de pie. No podía dejar de verlo, yo caminaba de espaldas mientras él se acercaba a mi con la mano levantada y hablando en voz muy baja, repetía: “gracias a Dios estoy vivo, gracias a Dios estoy vivo”.

Ángel sobrevivió por cargar el palo con la mano derecha, la descarga no pasó por el corazón, una mera casualidad. Yo nunca volví a ese mirador, pero no se olvida el olor a carne quemada que se impregnaba en mi memoria para siempre.

AMANDA SAFA

En mi memoria