REFLEJO | Page 42

Su figura robusta se perdía bajo la tenue luz de una farola a mitad de la calle. Su ropa hecha jirones daba la apariencia de una bolsa obscura abandonada. Tal vez fue por eso que decidimos pasar la camioneta por encima del bulto inmóvil.

Fue entonces cuando a unos pocos metros de arrollarlo percatamos el ligero movimiento del cuerpo de quien pocos minutos después conoceríamos como Raymundo.

La camioneta volanteó y nos detuvimos una cuadra después para auxiliar al hombre cuyas fuerzas, el alcohol, había mermado.

Al aproximarnos a él, el inconfundible olor a licor nos advertía que no podía ponerse en pie y por ende tampoco volver a su casa. Al momento de arrastrarlo a la orilla de la calle para que no lo atropellaran los autos que tan noche transitaban, nos percatamos de las huellas que el tiempo había dejado en su rostro.

Le preguntamos su domicilio y si se encontraba cerca de ahí a lo que respondió que le habláramos a su familia para que lo recogieran. Entre los materiales de una casa en obra negra se hallaba su celular, un reloj y las llaves de su auto.

Llamamos al último número marcado por él, al que respondió la voz de una mujer joven que decía ser su hija, que preocupada preguntó por el estado de su padre. Le informamos donde nos encontrábamos para saber si ella podía acudir al lugar para ayudarlo. Nos contestó que se encontraba lejos y que tardaría mucho en llegar por lo que decidimos llevarlo a su casa.

Repentinamente una mujer con un niño en brazos lo reconoció como su vecino y nos dirigió a la casa de Raymundo. Al entrar la llave en el cerrojo y abrir la puerta lo recostamos en el sillón y nos dimos cuenta de un marco colgado en la pared con un documento que acreditaba orgullosamente a Raymundo como licenciado en derecho egresado de la UNAM. Así mismo había varios diplomas de todos sus años de estudio y de docencia.

La sorpresa fue equitativa para todos los que nos encontrábamos ahí. Dejamos la casa no sin antes acercarle un bote junto al sillón en el cuál se quedó dormido.

Cuando salimos, la vecina, agradecida, nos contó el motivo de su embriaguez: hacía poco tiempo que uno de sus hijos había fallecido inmerecidamente y su esposa lo había abandonado. Desde entonces se pasaba largas noches perdido en alcohol. No obstante no dejaba su trabajo como director de una escuela preparatoria.

La tristeza nos invadió. No pudimos más que despedirnos de la vecina y cabisbajos y meditabundos volvimos a nuestras casas.

Por: Yael Zárate

EL DIRECTOR