REFLEJO | Seite 31

Entraron 9 niñas de entre 15 y 17 años seguidas de otra guía que nos observó desde la puerta a lo largo de dos horas. Algunas de las adolescentes cargaban un vaso. En unos minutos alguien vendría a anunciarles que era hora de su medicina.

La dinámica del taller fue sencilla. Empecé por presentarme. Luego vinieron los chistes y las últimas novedades dentro y fuera de la Comunidad. La mayoría de las niñas quería saber qué había pasado con el Chapo. Gaby, la otra coordinadora, que llegó tarde, y Rebeca, querían saber qué había pasado con los romances. Al parecer, la Comunidad de mujeres y la Comunidad de hombres son vecinas.

Gaby repartía las hojas y los lápices, mientras Rebeca escribía unas frases en el pizarrón. “Son imágenes que salieron de la sesión anterior”, me dijo mientras yo leía confundido cosas como “hermana dona desglaceada”, “la bola de moco que explotó” y, mi favorito, “el gusano que entró por el ano”.

Se hicieron tres equipos y cada uno adoptó una línea. El ganador sería acreedor a su golosina favorita (todo menos chocolate) la semana entrante. El objetivo era inventar una historia y volverla cómic. Cuando Gaby anunció que yo sería el juez,

por ser el único imparcial, me sentí la peor persona del mundo: iba a negarle a 6 niñas recluidas desde hace quién sabe cuánto tiempo deseos tan específicos como unas galletas emperador combinadas o un Lucas muecas de pepino. Por suerte nadie notó mi angustia y empezaron a trabajar entusiasmadas. Hora y media se fue en escribir, dibujar, reír y en un constante: “¡no, burra, acuérdate del conflicto!”. Cada vez que esto se escuchó, noté el orgullo en las caras de Rebeca y Gabriela. Al parecer, habían dedicado las sesiones anteriores a explicar la estructura de una historia y sus alumnas, al fin, lo habían entendido.

A pesar de las fallas ortográficas y gramaticales, las historias resultaron interesantes y, sobre todo, graciosas. Muy a mi pesar, anuncié que la ganadora era “el gusano que entró por el ano”. Resultó que todas tendrían premio. Solo intentaban motivarlas. Yo sentí una mezcla de traición y alivio que a los pocos segundos se convirtió en ansiedad: Rebeca anunció que Eduardo era un lector ávido de poesía y que iba a deleitarnos con uno de sus favoritos. Fue inevitable no lanzarle una mirada de reproche. “Pues dijiste que venías a leer, ¿no?” me contestó sonriendo y sacó una hoja escondida de entre las muchas que traía. Las niñas se emocionaron y comenzaron a rogarme porque fuera uno de amor. Leí “Táctica y estrategia” de Mario Benedetti. Las niñas suspiraban y cuando terminé, decían en voz alta los nombres de los amores que se quedaron afuera.

Gaby preguntó la hora a la guía. Las adolescentes me rogaban que les leyera otro. “Ya se nos acabaron las horas, chavas. El próximo viernes leemos más”, me salvaron mis compañeras. Nos despedimos. Mientras las niñas hacían fila detrás de la guía, Gabriela contaba los lápices y Rebeca guardaba los trabajos en su carpeta. Eran casi las seis y el segundo grupo estaba por llegar.

Crónica: Que sea uno de amor, por favor