Desperté, como casi todos los viernes, a la una de la tarde. Mi ausencia escolar sirvió de excusa para que Rebeca se invitara a mi cama. Matamos un par de horas, comimos y, a pesar de la desidia que me invadía, me convencí de acompañarla a la Comunidad de Mujeres que está sobre Periférico, a unos metros del Tec de Monterrey.
“Es como un reformatorio”, me explicaba mientras prendía un cigarro y yo conducía el chevy. “Pero le dicen comunidad porque adoptaron un sistema chileno. En lugar de que las chavas cumplan su sentencia en un modelo tradicional, intentan integrarlas a partir de diferentes actividades, llevan desde clases de teatro hasta yoga. Para que te des una idea: los guardias no son guardias, los llaman guías”. Rebeca parecía muy tranquila a pesar de que nos enfrentábamos al tráfico de las quince horas. Llegamos (eso creí) con tiempo de sobra, a las 3:26.
El orgullo de habernos ahorrado cuatro minutos gracias a mi capacidad de sortear automóviles desapareció en cuanto el guardia de seguridad, al otro lado de la reja, nos interrogó: “¿A dónde vienen? ¿De parte de quién? Ay, ¿de verdad? Esos ojos no los hubiera olvidado”.
Cruzamos el pasillo lleno de uniformados armados. Atravesamos un segundo umbral: “Se registran por favor”. Rebeca tomó la libreta y yo copié sus garabatos. Nombre: Eduardo Ruíz. Procedencia: FLP (después me explicó que significa Fundación Libre Pensamiento). Area: TxDx (Tratamiento y Diagnóstico). Asunto: Taller de escritura creativa. Hora: 15:40.
Nuestros celulares, identificaciones y carteras quedaron guardados en una cajita transparente de plástico.
A cambio nos dieron una ficha con el número 56 que Rebeca se guardó en la bolsa trasera del pantalón.
Una de las guardias (¿o debo decir guías?) nos registró hasta las botas.
Lo único que pasamos fue la carpeta llena de hojas blancas que Rebeca llevaba bajo el brazo.
En las oficinas, saludó a la secretaria, que le dijo que ya sabía dónde estaban los lápices (en el tercer cajón) y, mientras Rebeca les sacaba punta, la secretaria me hizo plática. “Sí, yo soy Eduardo. Así es, vengo al taller. Les voy a leer”. Mentí como me habían instruido unas horas antes. Caminamos por el patio hasta llegar a una puerta. Tocamos el timbre. Otro guardia nos revisó y volvimos a anotar los datos de la primera libreta mientras él contaba los lápices. Nueve y una liga.
Pasamos unas canchas desérticas de basquetbol y los cuartos de las adolescentes. Al fondo estaba el comedor. Nosotros giramos a la derecha hasta topar con la biblioteca que una guía custodiaba celosamente. Quitó el candado. Rebeca prendió la luz. Alrededor, estantes llenos de libros que, para mi sorpresa, no solo estaban ordenados, sino clasificados en cuento, novela, poesía, ensayo y literatura infantil. Al centro, una mesa larga con suficientes sillas para once personas. Dos escritorios pegados a la pared. Y un pizarrón.
Eduardo Vasconcelos