“Mi papá me pegaba, me daba chicotazos en la espalda, era muy malo. Decía que Enrique no me quería bien y que me iba a engañar muchas veces, pero yo no les creía. Él era mi primer novio, yo lo quería mucho pero se alejo de mí porque mi papá lo amenazaba con pegarle también. Según él éramos muy chicos para pensar en boda, pero quería irme de mi casa, no importaba la edad”.
Pequeñas historias que comienzan a armar un rompecabezas que no estoy segura de terminar, Esperanza se ve agotada, un cansancio propio de la edad, tiene 89 años que no han sido fáciles de llevar. Describe cómo es que su padre la golpeaba: tenía un lazo con un pedazo de metal amarrado a la punta y con él la castigaba fuertemente. Los golpes duelen, pero las heridas que guarda en su memoria son más dolorosas. El mayor crimen que cometió fue haberse enamorado de Luis, un muchacho de apenas 16 años, hijo del dueño de una tienda de abarrotes, estudioso, trabajador y muy guapo. Su único defecto, tenerle miedo al padre de su novia. Las amenazas de Don Mario terminaron por alejar a los jóvenes enamorados. “No me importó mucho, bueno no te creas, pero si alguien pregunta le dices eso”.
Fue la primera vez que la ví sonreír, me gustó mucho. Enseguida me pidió un dulce, al parecer el ánimo comenzaba a mejorar, la confianza crecía con el transcurso de la platica, le regalé una paleta que traía guardada en mi bolsa; vaya que la disfrutó. De nuevo, parecía que se quedaría dormida, con todo y paleta en la boca. No podía permitir que me dejara con la duda y me atreví a moverla un poco. “Sigues aquí, gracias por la paleta, niña. Bueno te estaba diciendo... Tengo dos hijas, se quedaron con su papá en Puebla, yo tuve que venirme a trabajar y desde aquí les mandaba dinero, él las cuidaba muy bien”.
De pronto un silencio incómodo, su mirada se perdió mientras observaba un avión que se alcanzaba a ver desde el balcón, las manos le comenzaron a temblar y súbitamente rompió el silencio. “A mi esposo lo mataron, lo mataron esos hijos de perra. Me dijeron que les diera el dinero, nos quitaron todo, a Roberto le apuntaban con una pistola y me tenían agarrada del cuello. Una medalla de la virgen de Guadalupe que era de mi mamá se la llevaron, se querían llevar a mis hijas pero él no lo permitió...”. Lágrimas empezaron a recorrer el rostro de Esperanza, no fue necesario preguntarle cómo había terminado esa historia, no era difícil adivinar.
“Le dispararon seis veces en la cabeza, les pedí que no lo hicieran pero ya habían disparado, ya me lo habían matado, mis niñas salieron corriendo y no supe qué hacer, no las pude alcanzar...”. El llanto cesó, pero los gestos en su cara, el coraje, la impotencia y la tristeza eran visibles, empezó a apretar los puños, le temblaban las manos.
Fotografías: Jeanin F. Maciá Sánchez
La coordinadora del asilo me pide que termine la visita porque deben llevar a Esperanza al doctor. Muy amablemente le doy las gracias y me despido. Me toma del brazo, me jala hacia ella, me da un beso en la mejilla y me susurra al oído: “Si ves a mis niñas, diles que estoy aquí, no me he cansado de esperar, tengo prohibido morir antes de verlas.