REFLEJO | Page 24

Qué tan joven o viejo eres, seguro es una historia muy personal. Es cierto que la piel se arruga, las piernas resienten el cansancio de cada paso que, pero lo que verdaderamente hace que las personas envejezcan es darse por vencido. Un ejemplo de que envejecer y dejar que el alma se arrugue es cuestión de actitud, es la vida de Esperanza. A pesar de vivir grandes desilusiones y sentir una gran desconfianza por los demás, nunca se ha rendido.

Esperanza llegó al asilo un 9 de mayo de 2007. Durante cuatro años vivió en la calle, vendía gelatinas afuera de la clínica 6 del IMSS y pasó por varios albergues. “No hay nada malo en los albergues, niña, al menos en los que yo estuve, pero no hay nada más cómodo que una buena banqueta y periódico pal frío Eso sí, en el albergue la comida nunca falta”.

Suena la campana avisando que la comida está lista. Una andadera sirve como apoyo para que Esperanza pueda caminar, a paso lento pero seguro, aún así me pide ayuda. Cruzar el patio para llegar al comedor se convierte en todo un reto. “Huele bien, ¿no es así?”.Mientras la acompaño a comer escucho atenta algunas de las conversaciones entre las abuelitas. A la mayoría no se le entiende muy bien, pero basta con una mirada para darse cuenta que se les antoja otro postre, o que simplemente ya terminaron y desean retirarse.

Ocho abuelitas viven en el asilo, cinco de ellas no pueden caminar y utilizan la silla de ruedas, es por eso que las cuidadoras deben estar al pendiente de sus necesidades.

Para las otras tres ancianas que se apoyan en una andadera, las cosas son un poco más fáciles. Esperanza despierta con el cantar de los pájaros. Un balcón le sirve para respirar y dejar que circulen los recuerdos, algunos buenos, otros no tanto. Malas experiencias invaden su mente cada vez que se le pregunta por su pasado. “Ya no espero visitas, no tengo familia, o tal vez sí, pero prefiero no recordar”.

Un cuarto pequeño, adornado con globos y peluches que le han regalado personas desconocidas, voluntarios que visitan el asilo de vez en cuando para ayudar y consentir. Me siento en su cama mientras ella mira a la gente pasar por debajo de su ventana. La vista no es muy espectacular: locales llenos de gente comprando artículos de papelería, vecindades, niños jugando a la pelota, borrachos caminando sin rumbo. “Mi hija, Rosita, y la otra... pero la otra no es importante”. Parece que se queda dormida, los ojos de Esperanza parecen cansados a pesar de haber despertado no hace mucho rato. De pronto llegan recuerdos que comienzan a completar una historia.

caminAR con esperanza

Jeanin F. Maciá Sánchez

CRÓNICA: