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UN VIAJE POR EL INFINITO UNIVERSO DEL CINE

AMANDA SAFA

Plaza Loreto nos lleva al pasado. Los pasillos cuentan miles de historias sobre los obreros que trabajaron en una gran fábrica de papel. Casi al fondo está un pequeño cine, Cinemanía. Al entrar, las paredes te abrazan. Es pequeño, íntimo, oscuro, como la cueva perfecta para dormir después de perderse en un fabuloso bosque.

La sala es larga y estrecha, como un pasillo que llega a una pantalla pequeña, pero infinita. Es esa ventana a la ficción que nos lleva por universos con eternas historias que contar.

En este avión, Cinemanía, siempre somos pocos los que recorremos el cosmos de la ficción, pero somos compañeros de viaje que nos ayudamos a regresar a la realidad.

A veces basta con un ligero murmullo de un padre a un hijo: “Esa actriz me recuerda a tu abuela”, para poner los pies en la tierra y así hacer una pausa en nuestro lanzamiento al vacío

Seis de la mañana, te levantas con un sensación distinta, no es cansancio, no es frío, es algo en el estómago, recorre todo tu cuerpo, te hace sentir con ganas de conquistar al mundo, es la emoción que se vive al salir de viaje. Las películas nos hacen viajar, nos sentirnos más vivos que nunca, podemos recorrer el universo entero. La sala de cine es esa nave que transporta, nos sujeta y da soporte para vivir la ficción como su fuera verdad.

No hay oficio, profesión, estilo de vida o manera de pensar que no podamos habitar. Podemos ser quien sea, lo que sea, cuando y como sea: un objeto, un animal, un vaquero, un caballero, la reina de Inglaterra… No hay existencia en la que no podamos anidar, ese es el viaje que nos espera en Cinemanía

Aquellos universos recorridos no están exentos de emociones. A veces las historias nos hacen sentir porque nos identificarnos, como si por unas cuantas horas nos pusiéramos la careta de aquel actor o actriz, siendo la pantalla un espejo. Y, paradójicamente, ese viaje es una mirada a la realidad de la que pretendemos escapar.

Fotografía: Amanda Safaa