Nací en una familia de artistas y maestros. Comía y bebía escenario, luces y disciplina todos los días. La educación cultural no era una opción sino una forma de vida y, además, cabe decir que era una vida muy ecléctica.
Mis primeras canciones fueron rancheras, tan importante aprenderlas como el rock de los Beatles y los Doors. Mis primeras películas; las de terror. Tomaba clases de ballet, natación, gimnasia olímpica. Jugaba en los camerinos y, mientras no estorbara, me dejaban mirarlo todo desde el paso de gato del teatro de mi madrina, y todo esto pasaba cuando yo aún no tenía ni siete años.
Recuerdo que un día logré llegar hasta el escenario, me parecía –y aún me parece- tan mágico. Cuando intenté poner un pie en él, oí el grito de mi madre que me lo prohibía. Se me acercó y me dijo algo que, sin ella saberlo, marcó mi forma de ver el arte para el resto de mi vida; “Uno no se sube a un escenario a menos de que tenga algo importante que hacer en él. Respeta.”
Bailaba, cantaba, recitaba, tocaba la flauta mientras mi tío pintaba y pensaba en el día en que mereciera el escenario que me había ofrecido el ballet y que por aburrimiento rechacé.
Crecí y estudié Comunicación, una carrera que muchos creen diseñada para gente a la que no le gusta el esfuerzo ni las matemáticas pero que, quienes tenemos la vocación de hacer sonreír, informar y cambiarle el día a la gente, sabemos que cada letra, cada canción, cada imagen cuenta y que, cualquier error puede ser el último. Al especializarme en locución, el teatro me llamó de nuevo y, ahora sí, me prestó su escenario más seguido y profesionalmente. Estaba lista para todo, excepto para una cosa: EL ERROR.
Inmersa en una carrera que no perdona errores, tras una educación deportiva y artística muy estricta, con mi rostro en vivo dando críticas de cine por televisión, supe que necesitaba aprender algo más para hacerlo todo perfecto. Así me encontró la impro.
En un afán por encontrar una disciplina nueva que me alejara de equivocarme por televisión, encontré una filosofía de vida que alimentaba algo más que mi vocación: EL ERROR NO EXISTE.
¿Qué?! Eso debía ser un chiste, esta gente está loca, ¿fluir, soltar, aceptar, asumir el cambio de planes, los resultados que no estaba esperando?
Gente que hablaba de “jugar en el escenario”. ¡A mí no se me dejaba jugar en el escenario!.. A menos que… sí, quizá… esto era importante.
Me dejé fluir, jugué como si fuera niña de nuevo, esta vez no sólo tenía la oportunidad sino el permiso, ¡qué digo permiso, obligación de divertirme!, de probar cosas diferentes, de demostrar que todo lo aprendido militarmente estaba listo para ser explorado de cientos de formas.
A todos los que dicen, “los improvisadores se suben a hacer cualquier cosa”, yo les digo que todo parece fácil cuando lo hace un profesional. Teatro de texto y teatro de improvisación los gozo de la misma manera. El texto me ajusta, la impro me obliga a no desperdiciar. No cualquiera se sube a un escenario sin saber qué va a pasar y aun así se compromete a que sea importante.
Jugando aprendí a confrontar al error, ese monstruo tan terrible se volvió mi amigo al aceptarlo como es.
¿Que qué me ha dejado la impro? La tranquilidad de saber de qué estoy hecha. Trofeos y reconocimientos nacionales e internacionales que, en realidad, se manifiestan en forma de amigos que me siguen invitando a jugar con ellos. Amigos por los que actualmente reúno todos mis conocimientos académicos y de vida para dar luz a un proyecto tan ambicioso que me llena los ojos y las manos: una red internacional para que todos los niños en forma de adultos puedan jugar en el patio de quien quieran, simplemente porque jugar es importante, mientras se haga con respeto.
Gracias a todo lo que me ha dado la impro y quienes la juegan, gracias a mis actuales socios, Antonio Zacruz (México) y Julián Riveros (Argentina) puedo decir: HONDOM, que vaya de regreso para todos en una Organización Internacional de Artistas improvisadores y que vengan más y mejores formas de seguir aprendiendo.
Gracias.
Auto entrevista
De Cheryl Sue
“El error no existe,
la disciplina se mama”
Corazón de artista, alma de militar, sonrisa de niña.
Fotografía: Amanda Safa