En el ya lejano modelo de desarrollo estabilizador que se instrumentó en México de 1940 a 1970, la economía del país se benefició de la segunda guerra mundial, cuando se estableció en nuestro territorio parte importante de la planta industrial de los Estados Unidos, para producir los bienes que requería esa sociedad, que dedicó su capacidad a producir elementos para la guerra en Europa y Oriente.
Terminado el conflicto bélico, para que la industria norteamericana, ya asociada con “empresarios” mexicanos, no saliera del país, se le garantizó el disfrute del mercado interno y la estabilidad de precios y salarios, así como la paz social y el equilibrio político, que se consiguieron mediante un sindicalismo que obedecía a las directrices empresariales y del gobierno y un partido que controlaba las formas de negociación política. Esta situación se mantuvo por décadas y empezó a declinar a mediados de la década de los setenta, ante la presión social que demandaba mejores vías de participación social, política y económica.
De 1970 a 2014, el país ha estado en busca de un modelo de desarrollo que le permita incorporarse con éxito al elenco de países desarrollados, por contar con características naturales y geopolíticas que le otorgan ventajas en relación a otras naciones. Por más de cuarenta años han sucedido diferentes crisis que cíclicamente terminaron con la fuga de capitales, lo que creó las condiciones para mantener deprimidos los salarios mínimos negándoles su papel reivindicatorio del bienestar familiar y afirmándolos como variable política, más que económica, para fortalecer el mercado interno y avanzar en el bienestar social.
Para el PAN, que tiene la mirada y sus intereses en las elecciones federales de 2015, los salarios mínimos son una bandera de propaganda para captar votos. Para el GDF, los salarios mínimos son una herramienta de presión con poco futuro debido a que su revisión y elevación está fuera de sus posibilidades por ser una política de alcance nacional que configura una variable dependiente de otros efectos económicos para evitar su neutralización por la vía de la inflación.
Los salarios mínimos continuarán siendo bajos en tanto los patrones no dispongan su incremento, en tanto no se pongan límites en utilidades y para eso hace falta voluntad política y financiera y, por el momento no se ve que vaya a darse.