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III
El individuo
Mejor aún, helos convertidos en individuos. Inventado por san Pablo, a comienzos de
nuestra era, el individuo acaba solamente de nacer por estos días. De antaño hasta hace
poco vivíamos de pertenencias: colombianos, católicos, judíos, protestantes,
musulmanes, ateos, antioqueños o costeños, afortunados o indigentes, mujeres o
varones… pertenecíamos a regiones, a religiones, a culturas, rurales o urbanas, a
equipos, a comunas, un sexo, una parlache, un partido, la patria. Por los viajes, las
imágenes, la red, las guerras abominables, esos colectivos han explotado casi todos.
Los que subsisten se deshilachan.
El individuo ya no sabe vivir en pareja, se divorcia; no sabe mantenerse en clase,
se mueve y conversa; no se reza en la parroquia; los futbolistas ya no saben conformar
una selección; ¿saben nuestros políticos aún construir un partido plausible o un
gobierno estable? Se dice por todas partes que han muerto las ideologías; son más bien
las pertenencias que ellas reclutaban las que se han desvanecido.
Este individuo recién nacido anuncia más bien una buena nueva. Si
balanceamos los inconvenientes de lo que los viejos gruñones llaman “egoísmo” y los
crímenes de guerra cometidos por y para la libido de pertenencia —centenares de
millones de muertos—, quiero con amor a estos muchachos.
Dicho esto, queda por inventar nuevos lazos.
Testimonio de ello el
reclutamiento de Facebook, casi equipotente con la población del mundo.
Como un átomo sin valencia, Pulgarcita está desnuda. Nosotros, adultos, no
hemos inventado ningún lazo social nuevo. La empresa generalizada de la sospecha, de
la crítica y de la indignación contribuyó más bien a destruirlos.
Rarísimas en la historia, estas transformaciones que yo llamo “hominescentes”,
crean (en medio de nuestro tiempo y de nuestros grupos) una grieta tan ancha y tan
evidente que pocas miradas la han medido en su verdadero tamaño, comparables con
aquellas, visibles, en el neolítico, a comienzos de la era cristiana, a fines de la Edad
Media y en el Renacimiento.
En el borde de abajo de esta falla, tenemos a los muchachos a los que
pretendemos darles enseñanza, en el seno de marcos que datan de una época que ya no
reconocen; edificios, cursos de recreación, aulas de clase, pupitres, tableros, anfiteatros,
campus, bibliotecas, laboratorios, incluso saberes… marcos que datan, digo, de una
edad y adaptados a una era en la que los hombres y el mundo eran lo que ya no son.
Hagámonos por ejemplo tres preguntas.