PULGARCITA PULGARCITA | Page 8

8 Sin que nos demos cuenta, un nuevo humano nació, durante un intervalo breve, ese que nos separa de los años 1970. Él o ella no tiene el mismo cuerpo, la misma esperanza de vida, no se comunica más de la misma manera, no percibe ya el mismo mundo, no vive en la misma naturaleza, ya no habita el mismo espacio. Nacido bajo epidural y con nacimiento programado; teniendo cuidados paliativos no le teme a la misma muerte. Al no tener la misma cabeza de sus padres, él o ella conoce de otra manera. Escriben de otra manera. Al observarlos, con admiración, enviar más rápidamente de lo que yo nunca podría hacerlo con mis gordos dedos, enviar (digo) SMS con los dos pulgares, los he bautizado —con la más grande ternura que pueda expresar un abuelo— Pulgarcita y Pulgarcito. Este es su nombre, más bonito que la vieja palabra, pseudo-científica, de dáctilo. No hablan la misma lengua. Desde Richelieu, la Academia francesa publica, más o menos cada cuarenta años, para referencia, el Diccionario de la nuestra. En los siglos precedentes la diferencia entre dos publicaciones se establecía en torno a cuatro o cinco mil palabras, cifra más o menos constante; entre la precedente y la próxima, será de alrededor de treinta y cinco mil. A este ritmo, se puede adivinar que, en pocas generaciones, nuestros sucesores podrían encontrarse tan separados de nosotros como nosotros lo estamos del antiguo francés de Chrétien de Troyes o de Joinville. Este gradiente da una indicación casi fotográfica de los cambios que describo. Esta inmensa diferencia, que afecta a la mayor parte de las lenguas, tiene que ver en parte con la ruptura entre los oficios de los años recientes y los actuales. Pulgarcita y su amigo no se desloman en los mismos trabajos. La lengua cambió, el trabajo mutó.