PULGARCITA PULGARCITA | Página 10

10 IV ¿Qué transmitir? ¿A quién transmitírselo? ¿Cómo transmitirlo? ¿Qué transmitir? ¡El saber! Antiguamente y hasta hace poco, el saber tenía como soporte el cuerpo mismo del sabio, del aedo o del brujo. Una biblioteca viviente… eso era el cuerpo enseñante del pedagogo. Poco a poco el saber se objetivó primero en rollos, en vitelas o pergaminos, soporte de escritura; luego, desde el Renacimiento, en los libros de papel, soportes de la imprenta; finalmente, hoy, en la red, soporte de mensajes y de información. La evolución histórica de la pareja soporte-mensaje es una buena variable de la función de enseñanza. De repente, la pedagogía cambió al menos tres veces: con la escritura, los griegos inventaron la paideia; tras la imprenta, pulularon los tratados de pedagogía. ¿Hoy? Repito. ¿Qué transmitir? ¿El saber? Pero cómo si está por todas partes en la red, disponible, objetivado. ¿Trasmitirlo a todos? De acá en adelante todo el saber es accesible a todos. ¿Cómo transmitirlo? Pues ya está hecho. Con el acceso a las personas, por medio del teléfono inteligente, con el acceso a todos los lugares, por el GPS, el acceso al saber está de ahora en adelante abierto. De cierta manera, está siempre y por todas partes ya transmitido. Objetivado ciertamente, pero además distribuido. No concentrado. Vivimos en un espacio métrico, digo, referido a centros, a concentraciones. Una escuela, una clase, un campus, un auditorio, todas concentraciones de personas, estudiantes y profesores, libros en bibliotecas, de instrumentos en los laboratorios… Ese saber, esas referencias, esos textos, esos diccionarios… helos distribuidos por todas partes y, en particular, en tu casa –¡hasta los observatorios!–; mejor aún, en todos los lugares a los que se desplace. De donde estéis podéis contactar vuestros colegas, vuestros alumnos, por donde ellos pasen; y ellos os responden fácilmente. El antiguo espacio de las concentraciones —incluso este en el que hablo y en el que Uds. me escuchan; ¿qué hacemos nosotros aquí?— se diluye, se difunde; vivimos, acabo de decirlo, en un espacio de vecindades inmediatas pero, además, distributivo. Podría incluso estar hablándoos desde mi casa o de cualquier otro lugar, y vosotros me escucharíais en cualquier otra parte o en vuestras casas. ¿Qué hacemos pues aquí? Sobre todo no digáis que al alumno le faltan funciones cognitivas que le permitan asimilar el saber así distribuido, puesto que precisamente, esas funciones se transforman con y por el soporte. Por la escritura y la imprenta, la memoria por ejemplo mutó a tal punto que Montaigne quería una cabeza bien hecha más bien que una cabeza bien llena. Esa cabeza acaba de mutar una vez más.