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De la misma manera pues que la pedagogía fue inventada por los griegos
(paideia), en el momento de la invención y la propagación de la escritura, así mismo
como ella se transformó cuando emergió la imprenta en el Renacimiento, así mismo la
pedagogía cambia totalmente con las nuevas tecnologías, cuyas novedades no son sino
una variable cualquiera en medio de la decena o la veintena que he citado o que podría
enumerar.
Este cambio tan decisivo de la enseñanza —cambio que repercute poco a poco
sobre el espacio entero de la sociedad mundial y el conjunto de sus obsoletas
instituciones, cambio que no solo toca, y de lejos, a la enseñanza solamente, sino
también sin duda al trabajo, las empresas, la salud, el derecho, la política y, en suma, el
conjunto de nuestras instituciones— sentimos que tenemos una necesidad urgente de
hacerlo, pero todavía estamos lejos.
Probablemente porque los que arrastran aún en la transición entre los últimos
estados, no se han jubilado, mientras que diligencian las reformas, siguiendo modelos
desde hace tiempos desaparecidos.
Habiendo enseñado durante medio siglo en casi todas las latitudes del mundo
donde esa grieta se abre tan ampliamente como en mi propio país, he padecido, he
sufrido esas reformas como pegotes en piernas de madera, remiendos; ahora bien, los
pegotes dañan la tibia, incluso artificial; los remiendos desgarran aún más el tejido que
buscan consolidar.
Sí, desde hace algunos decenios veo que vivimos un período comparable a la
aurora de la paideia, luego de que los griegos aprendieron a escribir y a demostrar;
comparable al Renacimiento que vio nacer la impresión y aparecer el reino del libro.
Período incomparable sin embargo, puesto que al mismo tiempo que esas técnicas
mutan, el cuerpo se metamorfosea, cambian el nacimiento y la muerte, el sufrimiento y
la curación, los oficios, el espacio, el hábitat, el ser-en-el-mundo.