PULGARCITA PULGARCITA | Page 34

34 ¿puedo reproducir mi doble, accesible y publicable aunque indefinido y secreto? Es suficiente con codificarlo. Si generalizamos a todos los datos posibles, íntimos, personales y sociales, la carta Vital, por ejemplo, inventamos un Ka, pasaporte universal codificado: abierto y cerrado, doble público y secreto, sin contradicción. ¿Qué habrá menos extraño? Aunque trata de pensar por mí mismo, hablo en lengua común. Este ego puede, en alma y conciencia, confesarse suavemente, pero también deslizarse, en materia plática dura, en el bolsillo. Sujeto, sí; objeto, sí; doble pues, también. Doble como un paciente, adolorido singularmente, pero ofrecido como un paisaje a la mirada médica. Doble, competente, incompetente… doble como un ciudadano, público y privado. Imagen de la sociedad de hoy En tiempos inolvidables, algunos héroes quisieron construir una torre alta, juntos. Venidos de tierras distintas, hablando idiomas intraducibles, no lo lograron. Si no hay comprensión no hay manera de formar equipo, no hay colectivo, no hay edificio. La torre de Babel apenas si salió de tierra. Pasaron miles de años. Desde que en Israel, en Babilonia o hacia Alejandría, profetas o escribas lograron escribir, muchos equipos se volvieron posibles, y la pirámide ascendió, así como el templo y el zigurat. Acabaron. Miles de años pasaron. Una bella mañana, en París, una reunión humana llamada Exposición universal dio lugar a un ensayo parecido. En su página, una cabeza experta dibujó un plano y, luego de elegir los materiales, calculó su resistencia y entrelazó cruceros de acero hasta trecientos metros de altura. Desde entonces, la torre Eiffel vigila desde la orilla izquierda del Sena. Desde las pirámides de Egipto hasta ésta, las primeras en piedra, la última en hierro, la forma global se mantiene estable; estable en el estado, estable como el Estado, estas dos palabras no son sino una. El equilibrio de lo estático converge en el modelo del poder, invariante a través de diez variaciones a aparentes, religiosas, militares, económicas, financieras, expertas…, potencia siempre detentada por algunos desde las alturas, estrechamente unidos por el dinero, las fuerzas armadas o cualquier otro aparato propio para dominar una base ancha y baja. Entre el monstruo de roca y el dinosaurio de hierro, no hay cambio notable, la misma forma que se muestra más calada, transparente, elegante en París, compacta y recogida en el desierto, en todo caso con una punta en la cima, y con una base amplia. La decisión democrática no cambia en nada este esquema. Sentaos en rueda en el suelo, y seréis iguales, decían los antiguos griegos. Astuta, esta mentira hace como si no viera, en la base de la pirámide o de la Torre, el centro de la asamblea que marca en el piso la proyección de la cima piramidal, el lugar donde aterriza su cima sublime. Centralismo democrático, decía en aquel entonces los partidos comunistas, retomando la vieja ilusión escénica, mientras en el centro próximo velaban Stalin y sus agentes fanáticos, que deportaban, torturaban, mataban. A falta de un cambio real, nosotros, sujetos de la periferia, preferimos una potencia lejana, bien en lo alto del eje, que ese aterrorizador vecino. Nuestros mayores, en Francia, hicieron la Revolución no tanto contra el rey, más bien popular, como para suprimir al pícaro barón vecino. Keops, Eiffel, mismo Estado. Michel Authier, conceptor genial, conmigo su asistente, proyectamos encender un fuego o plantar un árbol frente a la torre Eiffel en la orilla derecha del Sena. En computadores, dispersos aquí y allá, cada uno introducirá su pasaporte, su Ka, imagen anónima e individuada, su identidad codificada, de suerte que una luz láser, que brota y de colores, saliendo del suelo y reproduciendo en la cima innumerables cartas de