33
ciencias y a las letras. Entre la formalidad geométrica –las ciencias– y la realidad
personal –las letras– advenía, desde aquella época, una nueva cognición de los hombres
y de las cosas, ya prevista en el ejercicio de la medicina y del derecho, los dos
preocupados por reunir jurisdicción y jurisprudencia, enfermo y enfermedad, universal
y particular. Emergía allá nuestra novedad.
Mil métodos eficaces utilizan de acá en adelante, en efecto, procedimientos o
algoritmos. Heredera directa de la Creciente fértil de antes de Grecia, de Al Kwarismi
(sabio persa que escribía en árabe), de Leibniz y de Pascal, esta cultura hoy, invade el
área de la abstracción y de lo concreto. Letras y ciencias pierden una vieja batalla de la
que dije antaño que había comenzado con el Menón, diálogo de Platón en el que
Sócrates geómetra menosprecia a un pequeño esclavo que, lejos de demostrar, usa
procedimientos. A este servidor anónimo yo lo llamo hoy Pulgarcito; ¡le gana a
Sócrates! Regreso más que milenario ¡en la presunción de competencia!
La nueva victoria de esos viejos procedimientos viene de que lo algorítmico y lo
procedural se apoyan en códigos… Regresamos a los nombres.
Elogio del código
Tenemos acá precisamente un término (codex) que todo el tiempo ha sido común al
derecho y a la jurisprudencia, a la medicina y a la farmacia. Ahora bien, hoy, la
bioquímica, la teoría de la información, las nuevas tecnologías, se apoderan de él y por
allí lo generalizan al saber y a la acción en general. Antiguamente y hasta hace poco, el
vulgo no entendía ni jota de los códigos jurídicos ni de aquellos de los medicamentos;
abierta y cerrada, su escritura sin embargo visible sólo era legible para los doctos. Un
código se parecía a una moneda de dos lados, cara y sello, contradictorios; accesible y
secreto. Desde hace poco vivimos en la civilización del acceso. El código se ha vuelto
el correspondiente lingüístico y cognitivo de esta cultura, que lo permite o lo prohíbe.
Ahora bien, como precisamente el código instituye un conjunto de correspondencias
entre dos sistemas que han de traducirse el uno en el otro, él posee las dos caras que
necesitamos en la circulación libre de los flujos de los que acabo de describir la
novedad. Es suficiente con codificar para preservar el anonimato dejando libre el
acceso.
Ahora bien, el código es el viviente singular; ahora bien, el código es tal hombre.
¿Quién soy yo, yo, único, individuo, genérico igualmente? Una cifra indefinida,
descifrable, indescifrable, abierto y cerrado, social y púdico, accesible-inaccesible,
público y privado, íntimo y secreto, desconocido a veces por mí y exhibido al mismo
tiempo. Existo, por tanto soy un código, calculable, incalculable como la aguja de oro
perdida en el montón de paja donde disimula su brillo. Mi ADN, por ejemplo, a la vez
abierto y cerra do, cuya cifra me ha construido carnalmente, íntimo y público como las
Confesiones de san Agustín, ¿cuántos signos? La Joconda, ¿cuántos pixeles? El
Requiem de Fauré, ¿cuántos bits?
Medicina y derecho nutren desde hace mucho tiempo esta idea del hombre como
código. El saber y las prácticas la confirman hoy, cuyos métodos utilizan
procedimientos y algoritmos; el código hace nacer un nuevo ego. ¿Personal, íntimo,
secreto? Sí. ¿Genérico, público, publicable? Sí. Mejor aún, los dos; doble, ya lo he
dicho del pseudónimo.
Elogio del pasaporte
Se dice que los antiguos egipcios distinguían el cuerpo humano de su alma, como
nosotros, pero le añadían a esta dualidad un doble, Ka. Ciertamente, sabemos
reproducir el cuerpo, afuera, por medio de ciencia, pantallas y fórmulas; y describir el
alma íntima, en Confesiones, como Rousseau, ¿cuántos signos? De la misma manera,