PULGARCITA PULGARCITA | Página 18

18 reconozcáis más en esta mi cabeza, ni en su denso relleno ni en su perfil cognitivo singular, sino en su ausencia inmaterial, en la luz transparente que emana de la separación brutal. En esa nada. Si Montaigne hubiera explicado las maneras que tenía una cabeza para hacerse a maravilla, habría por eso mismo dibujado una caja para llenar, y habría regresado la cabeza llena. En la actualidad, al dibujar esta cabeza vacía, caería fuera aún en el computador. No, no hay que cortarla para reemplazarla por otra. No sintáis ninguna angustia frente al vacío. Adelante, ánimo… El saber y sus formatos, el conocimiento y sus métodos, detalle infinito y síntesis admirables, que mis antiguos acumulan como blindajes en las notas de pie de página y en las bibliografías masivas de libros, y que ellos me acusan de haber olvidado, todo esto, por la estocada de los verdugos de san Dionisio, cae en la caja electrónica. Extraño, casi salvaje, el ego se retira de todo eso; incluso de esto, vuelo en el vacío, en su nulidad blanca y cándida. La inteligencia inventiva se mide según la distancia al saber. El sujeto del pensamiento acaba de cambiar. Las neuronas activadas en el fuego blanco del cuello cortado difieren de aquellas a las que se refieren la escritura y la lectura en la cabeza de los predecesores, que se contraen en el computador. Por esto la autonomía nueva de los entendimientos, a la que corresponden movimientos corporales sin constreñimientos y un vocerío confuso. Voz Hasta esta mañana, un profesor en su clase o en su auditorio, entregaba un saber que en parte yacía ya en los libros. Oralizaba lo escrito, una página-fuente. Si como cosa rara inventa, mañana escribirá una página-resumen. Su cátedra lo que hacía escuchar era a esta bocina. Para esta emisión oral, pedía silencio. Ya no lo logra. Formada desde la infancia, en las clases elementales y preparatorias, la ola de lo que se llama la charla, convertida en tsunami en la secundaria, acaba de alcanzar la superior cuyos auditorios, desbordados por ella, se llenan por primera vez en la historia de una barahúnda permanente que hace penosa toda escucha o que vuelve inaudible la vieja voz del