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reconozcáis más en esta mi cabeza, ni en su denso relleno ni en su perfil cognitivo
singular, sino en su ausencia inmaterial, en la luz transparente que emana de la
separación brutal. En esa nada.
Si Montaigne hubiera explicado las maneras que tenía una cabeza para hacerse a
maravilla, habría por eso mismo dibujado una caja para llenar, y habría regresado la
cabeza llena. En la actualidad, al dibujar esta cabeza vacía, caería fuera aún en el
computador. No, no hay que cortarla para reemplazarla por otra. No sintáis ninguna
angustia frente al vacío. Adelante, ánimo… El saber y sus formatos, el conocimiento y
sus métodos, detalle infinito y síntesis admirables, que mis antiguos acumulan como
blindajes en las notas de pie de página y en las bibliografías masivas de libros, y que
ellos me acusan de haber olvidado, todo esto, por la estocada de los verdugos de san
Dionisio, cae en la caja electrónica. Extraño, casi salvaje, el ego se retira de todo eso;
incluso de esto, vuelo en el vacío, en su nulidad blanca y cándida. La inteligencia
inventiva se mide según la distancia al saber.
El sujeto del pensamiento acaba de cambiar. Las neuronas activadas en el fuego
blanco del cuello cortado difieren de aquellas a las que se refieren la escritura y la
lectura en la cabeza de los predecesores, que se contraen en el computador.
Por esto la autonomía nueva de los entendimientos, a la que corresponden
movimientos corporales sin constreñimientos y un vocerío confuso.
Voz
Hasta esta mañana, un profesor en su clase o en su auditorio, entregaba un saber que en
parte yacía ya en los libros. Oralizaba lo escrito, una página-fuente. Si como cosa rara
inventa, mañana escribirá una página-resumen. Su cátedra lo que hacía escuchar era a
esta bocina. Para esta emisión oral, pedía silencio. Ya no lo logra.
Formada desde la infancia, en las clases elementales y preparatorias, la ola de lo
que se llama la charla, convertida en tsunami en la secundaria, acaba de alcanzar la
superior cuyos auditorios, desbordados por ella, se llenan por primera vez en la historia
de una barahúnda permanente que hace penosa toda escucha o que vuelve inaudible la
vieja voz del