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Se acabó. Por su ola, la rochela rechaza esta oferta para anunciar, para inventar,
para presentar una nueva petición, sin duda de otro saber. ¡Vuelta de campana!
Nosotros que somos otros, que enseñamos hablando, escuchamos a su vez el rumor
confuso y caótico de esta demanda bulliciosa, salida de los estudiantes que, antaño,
nadie consultaba para saber por boca de ellos si solicitaban verdaderamente esta oferta.
¿Por qué Pulgarcita se interesa cada vez menos en lo que dice el altoparlante?
Porque, ante la oferta creciente de saber en capa inmensa, por todas partes y siempre
accesible, una oferta puntual y singular se vuelve irrisoria. La cuestión se planteaba
cruelmente cuando era necesario desplazarse para descubrir un saber escaso y secreto.
De aquí en adelante accesible, superabundante, cercano, incluso en pequeños volúmenes
que Pulgarcita lleva en su bolsillo, bajo el pañuelo. La ola de los accesos a los saberes
sube tan alto como la de la guachafita.
La oferta sin demanda murió esta mañana. La oferta enorme que la sigue y la
reemplaza refluye ante la demanda. Verdadero esto de la escuela, voy a decir que
también se lo vuelve para la política. ¿Fin de la era de los expertos?
Los Pequeños Transidos
Orejas y hocico hundidos en el parlante, el perro, sentado, fascinado por la escucha, no
se mueve. Juiciosos como imágenes, desde la más tierna infancia, comenzamos como
niños una larga carrera del cuerpo sobre su fondillo, inmóviles, en silencio y en fila.
Este es nuestro nombre de antaño: Pequeños Transidos. Con los bolsillos vacíos,
obedecíamos, no solamente sometidos a los maestros sino sobre todo al saber, al que los
propios maestros humildemente también se sometían.
Ellos y nosotros lo
considerábamos como soberano y magistral. No hubiera osado redactar un tratado de la
obediencia voluntaria al saber. Algunos se encontraban incluso aterrorizados por él,
impedidos así de aprender. No eran tontos; estaban espantados. Es menester tratar de
captar esta paradoja: por no comprender el saber y rechazarlo, cuando él se quería
recibido y comprendido, se requería claramente que él aterrorizara.
En grandes mayúsculas, la filosofía a veces hablaba incluso de Saber Absoluto.
Exigía pues una inclinación sumisa de las espaldas, como la de nuestros ancestros,
encorvados ante el poder absoluto de los reyes de derecho divino. Nunca existió la
democracia del saber. No se trataba de que algunos que detentaban el saber, tenían el
poder, sino de que el saber mismo exigía cuerpos humillados, incluidos los de los que lo
mantenían. El más negado de los cuerpos, el cuerpo de los docentes, daba sus clases
haciéndole señas al ese absoluto ausente, totalmente inaccesible. Fascinados, los
cuerpos no se movían.
Ya formateado por la página, el espacio de las escuelas, de los colegios, de los
campus se reformateaban por esta jerarquía inscrita en el manejo corporal. Silencio y
postración. La focalización de todos hacia el estrado donde el portavoz requiere
silencio e inmovilidad, reproduce en pedagogía la del pretorio ante el juez, del teatro
hacia la escena, de la corte real hacia el trono, de la iglesia hacia el altar, de la
habitación hacia el hogar… de la multiplicidad hacia lo uno. Sillas apretadas, al través,
para los cuerpos inmovilizados de esas instituciones-cavernas. Este es el tribunal que
condena a san Dionisio. ¿Será el fin de la era de los actores?
La liberación de los cuerpos
La novedad. La facilidad del acceso le da a Pulgarcita, como a todo el mundo, bolsillos
llenos de saber, allí con los pañuelos. Los cuerpos pueden salir de la Caverna donde la
atención, el silencio y el encorvamiento de las espaldas los ataban a las sillas como con
cadenas. Que se los fuerce a sosegarse; ya no permanecerán en su sitio en las sillas.
Empezó el jaleo.