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las salas de clase, PowerPoint en los anfiteatros, revistas y periódicos…: la página nos
domina y nos conduce. Y la pantalla la reproduce.
Catastro rural, planos de las ciudades o de urbanismo, azul de los arquitectos,
proyectos de construcción, dibujos de las salas públicas y de las habitaciones íntimas…
imitan, por sus cuadrículas suaves y paginadas, el pagus de nuestros ancestros,
cuadrados sembrados de alfalfa o pegujales de tierra labrantía, sobre la dureza de los
cuales el campesino dejaba la huella de la reja del arado; el surco ya escribía su línea en
este espacio recortado. Esta es pues la unidad espacial de percepción, de acción, de
pensamiento, de proyecto, este es el multimilenario formato, casi tan determinante para
nosotros los hombres, o al menos los occidentales, como el hexágono para las abejas.
Nuevas tecnologías
Este formato-página nos domina tanto, y tanto en nuestra ignorancia, que las nuevas
tecnologías no han salido aún del él. La pantalla del computador –que se abre él mismo
como un libro– lo imita, y Pulgarcita escribe aún sobre él, con sus diez dedos o, en el
teléfono inteligente, con sus dos pulgares. Una vez terminado el trabajo, ella se
apresura a imprimir. Los innovadores de todo pelambre buscan el nuevo libro
electrónico, mientras que el electrónico no se ha librado aún del libro, aunque él
implique otra cosa diferente al libro, una cosa bien distinta al formato transhistórico de
la página. Esta cosa hay que llegar a descubrirla. Pulgarcita nos ayuda aquí.
Recuerdo la sorpresa que me dio, hace algunos años en el campus de Stanford
donde enseño hace treinta años, al ver cómo se levantaban, en la vecindad del antiguo
Cuadrángulo, y financiadas por los multimillonarios de Silicon Valley vecino, torres
destinadas a la informática más o menos idénticas, en hierro, hormigón, y con vidrieras,
al lado de los otros edificios de ladrillo donde se ha ofrecido desde hace un siglo la
enseñanza de la ingeniería mecánica o de la historia medieval. Con la misma
disposición del suelo, las mismas salas y corredores; siempre el formato inspirado en la
página. Como si la reciente revolución, tan poderosa al menos como las de la imprenta
y la escritura, no cambiase nada al saber, a la pedagogía, ni al espacio universitario
mismo, inventado antaño por y para el libro.
No. Las nuevas tecnologías obligan a salir del formato espacial implicado por el
libro y la página. ¿Cómo?
Una breve historia
Ante todo: las herramientas usuales externalizarán nuestras fuerzas, duras; salidos del
cuerpo, los músculos, huesos y articulaciones levarán anclas hacia las máquinas
simples, palancas y aparejos, que imitaban su funcionamiento; nuestra alta temperatura,
fuente de nuestra energía, emanada del organismo, suelta luego amarras hacia las
máquinas motrices. Las nuevas tecnologías externalizan finalmente los mensajes y las
operaciones que circulan en el sistema neuronal, información y códigos, suaves; la
cognición, en parte, despliega las velas hacia ese nuevo instrumento.
¿Qué queda entonces por encima de los cuellos cortados del san Dionisio de
París, y de los muchachos y muchachas hoy?
Pulgarcita medita
Cogito: mi pensamiento se distingue del saber, de los procesos de conocimiento –
memoria, imaginación, razón deductiva, finura y geometría...– externalizados, con
sinapsis y neuronas, en el computador. Mejor aún: yo pienso, yo invento si me
distancio así de ese saber y de ese conocimiento, si me alejo de ellos. Me he convertido
a este vacío, a este aire impalpable, a esta alma, en el que la palabra traduce este viento.
Pienso aún más suave que este blando objetivado; invento si alcanzo este vacío. No me