Programa Santo Angel 2020 | Page 32

C O L A B O R A C I O N E S por Beatriz Pastor É ÉRASE UNA VEZ UN PUEBLO rase una vez un pueblo tan pequeño, tan pequeño, tan pequeño, que no se veía. Estaba situado casi en la frontera, y limitaba con muchos pueblos como él, los lla- mados “pueblos invisibles”. Todos estos pueblos tenían algo en común, apenas venía gente nueva, y la que llega- ba no se quedaba mucho tiempo, pues no parecían interesarse por lo que el pueblo ofrecía. La gente que allí vivía era mayor, no había escuela, y habían dejado de oírse las voces y el jolgorio que los niños y las niñas procuraban antaño con sus juegos callejeros. Pa- recía que hubiese un complot para olvidarse del lugar que ocupaban y de sus gentes. Hasta los propios habitantes habían olvidado que un día, en su pueblo, hubo una Es- cuela que, a finales del siglo pasado (1971) cerró por falta de niños/as. Ya nadie recordaba al herrero, los hornos ya no cocían pan, los pastores se quedaron sin ovejas, o las ovejas sin pastor, y hasta había desaparecido la taberna. Esta desoladora estampa se cernía sobre este pequeño pueblo, igual que sobre el resto, y la sombra del olvido permanecía latente. Pero, cuando parecía que toda esperanza se desvanecía, un grupo de jóvenes que había crecido al abrigo de las costumbres del pueblo se organizaba para evitar la tra- gedia; y como adalides de un mundo abocado a desaparecer, en el año 2015 y bajo el lema “preservemos el pasado para asegurar el futuro” hicieron resonar el nombre de Villaseca en toda la comarca, con tanta fuerza y valentía que el pueblo volvía a renacer de la tierra, a regir “los llanos”, volvía a brillar reflejado en la espadaña de su iglesia, en su monte, en sus rañas y lagunas. Los/as cinco centinelas se negaron a que la historia fuera leyenda y, arropados por sus paisanos y paisanas comenzaron una singladura que no solo ha hecho emerger a Villaseca, sino que aúpa a muchos pueblos vecinos, que, contagiados del entusiasmo y la energía de los “mochuelos”, han vuelto a tejer los lazos como sus antepasados un día hicieron. Defienden que un pueblo es algo más que un puñado de casas, y abogan por con- servar sus tradiciones, su cultura, su folclore y su gastronomía; están ahondando en sus raíces, regándolas con su entusiasmo, para que este árbol, que es el árbol de su vida, siga floreciendo. Estos jóvenes beben de la sabiduría de sus mayores, los respetan e intercambian con ellos las ideas y el cariño que les brinda su experiencia. Nos han enseñado a todos/a relacionarnos desde la cooperación y la ayuda mutua, poniendo en valor el lado humano. Y, en estos tiempos tan convulsos, en esta era del plástico, nos han demostrado la importancia de conectar con la madre naturaleza, de crear vínculos a través de unos maravillosos paseos por el campo, en los que campiñeamos todos/as, en los que conectan con los pueblos vecinos ayudándoles a visibilizarse, conscientes de que la unión hace la fuerza. 32