Informe Anual 2016 sobre el racismo en el estado español
222 venía encima me habría quedado en casa », medita ahora, con 10 años de trabajo como interna a sus espaldas.
Cuenta que ha pasado por varias casas y apenas le han llamado por su nombre. Se referían a ella como la niña que limpia o la chica que nos cocina. Afirmó que en algunas familias la trataban como una esclava. Se sentía como un mobiliario más de la casa, prácticamente invisible. Para conseguir los soñados « papeles », por arraigo laboral, las mujeres extranjeras tienen que justificar su estancia en España durante tres años acreditando que han estado empadronadas y presentando una oferta de trabajo. Este proceso se convierte en una odisea para muchas de ellas, a cuyos jefes « les da pereza » hacer los trámites.
Cuando Alma se encontraba a las puertas de poder regularizar su situación administrativa en España, pues casi cumplía con los tres años exigidos por la ley, vio sus planes frustrados por una redada policial. Los agentes detuvieron a un puñado de mujeres « sin papeles » a la salida de un locutorio. Todas eran trabajadoras del hogar que estaban enviando dinero a sus familias. Les trasladaron a un Centro de Internamiento de Extranjeros( CIE) donde los funcionarios que les vigilaban les arrancaron la dignidad y les marcaron de por vida.
Alma recordó que era un lugar frío y oscuro y que los agentes les espetaban diciendo: « Los sudacas os reproducís como conejos ». Relata que las custodiaban con pistolas como si fueran delincuentes y les llamaban « basura ». Pasó allí la noche, hecha un ovillo en el suelo entre una decena de inmigrantes en su misma situación. No sabían qué pasaría. Aprovechó su derecho a una llamada telefónica para avisar a sus jefes de que no sabía cuándo volvería al trabajo.
Una de las mujeres arrestadas no hablaba español y lloraba de forma histérica. Los guardias se acercaron con unas bandejas con comida y, al ver a la joven sollozando, comenzaron a insultarle y le arrojaron la comida al suelo. « Le trataron como un animal, no éramos personas para esos hombres ». « Nos acercamos a consolarle, pero nos dijeron que teníamos prohibido hablar entre nosotras », rememoró.
Para Alma lo vivido en el CIE fue un verdadero calvario, que duró desde las seis de la tarde hasta las dos del mediodía del día siguiente, cuando le llevaron a hacer una declaración. « No sabía qué decir, yo no había hecho nada malo », no se explica aún por qué le trataban como una criminal en aquel agujero de pesadilla. La joven salió del CIE con una orden de expulsión bajo el brazo y sus jefes se desentendieron del incidente. Pasó el tiempo y no fue citada, de modo que inició el proceso para que archivaran la orden, que tardó 10 meses en resolverse. Si la policía le hubiera detenido nuevamente durante el periodo en que se resolvía el archivamiento de la orden de expulsión, podrían haberla mandado de vuelta a México.
Una vez superado el revés de la orden de expulsión, Alma recibió un nuevo golpe. Había completado cuatro años en España y tenía trabajo, era el momento de solicitar su residencia legal. Al empezar los trámites, le exigieron una prueba de que estaba empadronada. En este momento descubrió que sus jefes la habían