POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 98
—No hay confianza.
—¿Servirían para guardar los caballos?
—Mucha confianza para guardar los caballos.
—Me harían falta diez hombres buenos, por lo menos, si pudiera
encontrarlos.
—Cuatro.
—Anselmo me ha dicho que había más de ciento por estas montañas.
—No buenos.
—Usted ha dicho treinta –dijo Robert Jordan a Pilar–. Treinta seguros
hasta cierto grado.
—¿Y las gentes de Elías? –gritó Pilar. El Sordo negó con la cabeza.
—No buenos.
—¿No puede usted encontrar diez? –preguntó Jordan. El Sordo le miró con
ojos planos y amarillentos y negó con la cabeza.
—Cuatro –dijo, y volvió a mostrar los cuatro dedos de la mano.
—¿Los de usted son buenos? –preguntó Jordan, lamentando en seguida el
haber dicho estas palabras.
El Sordo afirmó con la cabeza.
—Dentro de la gravedad –dijo. Sonrió–. Será duro, ¿eh?
—Es posible.
—No importa –dijo el Sordo, sencillamente, sin alardear–. Valen más
cuatro hombres buenos que muchos malos. En esta guerra, siempre muchos
malos; pocos buenos. Cada día menos buenos. ¿Y Pablo? –Y miró a Pilar.
—Ya sabes –exclamó Pilar–. Cada día peor.
El Sordo se encogió de hombros.
—Bebe –dijo a Robert Jordan–. Llevaré los míos y cuatro más. Con eso
tienes doce. Esta noche, hablar todo esto. Tengo sesenta palos de
dinamita. ¿Los quieres?
—¿De qué porcentaje son?
—No lo sé; dinamita ordinaria. Los llevaré.
—Haremos saltar el puentecillo de arriba con ellos –dijo Robert Jordan–;
es una buena idea. ¿Vendrá usted esta noche? Tráigalos; ¿quiere? No tengo
órdenes sobre eso, pero tiene que ser volado.
—Iré esta noche. Luego, cazar caballos.
—¿Hay alguna probabilidad de encontrarlos?
—Quizás. Ahora, a comer.
«Me pregunto si habla así a todo el mundo –pensó Robert Jordan–. O bien
cree que es así como hay que hacerse entender de un extranjero.»
—¿Y adonde iremos cuando acabe todo esto? –vociferó Pilar en la oreja del
Sordo.
El Sordo se encogió de hombros.
—Habrá que organizar todo eso –dijo la mujer.
—Claro –dijo el Sordo–. ¿Cómo no?
—La cosa se presenta bastante mal –dijo Pilar–. Habrá que organizarlo muy
bien.
—Sí, mujer –dijo el Sordo–. ¿Qué es lo que te preocupa?
—Todo –gritó Pilar.
El Sordo sonrió.
—Has estado demasiado tiempo con Pablo –dijo.
«De manera que sólo habla ese español zarrapastroso con los extranjeros –
se dijo Jordan–. Bueno, me gusta oírle hablar bien.»
—¿Adonde crees que deberíamos ir? –preguntó Pilar.
—¿Adonde?
—Sí.
—Hay muchos sitios –dijo el Sordo–. Muchos sitios. ¿Conoces Gredos?
—Hay mucha gente por allí. Todos aquellos lugares serán barridos en
cuanto ellos tengan tiempo.