POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 97
—A mí tampoco –dijo Robert Jordan.
El Sordo movió la cabeza y se bebió un trago de whisky.
—¿Quieres algo de mí?
—¿Cuántos hombres tiene usted?
—Ocho.
—Hay que cortar el teléfono, atacar el puesto de la casilla del peón
caminero, tomarle y replegarse al puente.
—Es fácil.
—Todo se dará por escrito.
—No vale la pena. ¿Y Pablo?
—Cortará el teléfono abajo; atacará el puesto del molino, lo tomará y se
replegará sobre el puente.
—¿Y después, para la retirada? –preguntó Pilar–. Somos siete hombres, dos
mujeres y cinco caballos. ¿Te das cuenta? –gritó en la oreja del Sordo.
—Ocho hombres y cuatro caballos. Faltan caballos –dijo el viejo–. Faltan
caballos.
—Diecisiete personas y nueve caballos –dijo Pilar–. Sin contar los
bultos.
El Sordo no dijo nada.
—¿No hay manera de tener más caballos? –preguntó Robert Jordan.
—En guerra, un año –dijo el Sordo–, cuatro caballos –y enseñó los cuatro
dedos de la mano–. Tú quieres ocho para mañana.
—Así es –dijo Robert–. Sabiendo que se van ustedes de aquí, no necesitan
ser tan cuidadosos como lo han sido por estos alrededores. No es
necesario por ahora ser tan cuidadosos. ¿No podrían hacer una salida y
robar ocho caballos?
—Tal vez –dijo el Sordo–. Quizá sí. Tal vez más.
—¿Tienen ustedes un fusil automático? –preguntó Robert Jordan.
El Sordo asintió con la cabeza.
—¿Dónde?
—Arriba, en el monte.
—¿Qué clase?
—No sé el nombre. De platos.
—¿Cuántos platos?
—Cinco platos.
—¿Sabe alguien utilizarlo?
—Yo, un poco. No tiro demasiado. No quiero hacer ruido por aquí. No valer
la pena gastar cartuchos.
—Luego iré a verlo –dijo Robert Jordan–. ¿Tienen ustedes granadas de
mano?
—Muchas.
—¿Y cuántos cartuchos por fusil?
—Muchos.
—¿Cuántos?
—Ciento cincuenta. Más quizá.
—¿Qué hay de otras gentes?
—¿Para qué?
—Contar con fuerzas suficientes para tomar los puestos y cubrir el puente
mientras lo vuelo. Necesitaríamos el doble de los que tenemos.
—Tomaremos puestos; no te preocupes. ¿A qué hora del día?
—Con luz del día.
—No importa.
—Necesitaré por lo menos veinte hombres más –dijo Robert Jordan.
No hay buenos. ¿Quieres los que no son de confianza?
—No. ¿Cuántos buenos hay?
—Quizá cuatro.
—¿Por qué tan pocos?