POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 94

—Incluido el inglés –dijo Pilar, con voz de trueno–; ¿no es así, inglés? —Sí –dijo Jordan, dirigiéndose al muchacho–; somos todos una familia, Joaquín. —Este es tu hermano –dijo Pilar–; ¿no es verdad, inglés? Robert Jordan pasó el brazo por los hombros del muchacho. —Somos todos tus hermanos –dijo. Joaquín aseveró con la cabeza. —Me da vergüenza haber hablado –dijo–. Hablar de semejantes asuntos no hace más que dificultar las cosas a todo el mundo. Me da vergüenza haberos molestado. 168–Vete a la m... con tu vergüenza –dijo Pilar, con su hermosa voz profunda–. Y si María te besa otra vez, voy a besarte también yo. Hace años que no he besado a ningún torero, aunque sea un fracasado como tú. Me gustaría besar al un torero fracasado que se ha vuelto comunista. Sujétale bien,! inglés, que voy a darle un beso como una catedral. —¡Deja! –dijo el chico, y volvió la cabeza bruscamente–. Dejadme tranquilo. No me pasa nada y siento haber hablado. Estaba allí parado, tratando de dominar la expresión de su rostro. María cogió de la mano a Robert Jordan. Pilar, parada en medio del camino, puesta en jarras, miraba al muchacho con aire burlón. —Cuando yo te bese no será como una hermana. Vaya un truco ése de besarte como una hermana. —No hay que dar tanta broma –dijo el muchacho–; ya os he dicho que no me pasa nada. Siento haber hablado. —Muy bien, entonces, vamos a ver al viejo –dijo Pilar–. Tantas emociones me fatigan. El chico la miró. A todas luces había sido herido por las palabras de Pilar. —No hablo de tus emociones –dijo Pilar–; hablo de las mías. Eres muy tierno para ser torero. —No tuve suerte –dijo Joaquín–; pero no vale la pena insistir en ello. —Entonces, ¿por qué te dejas crecer la coleta? —¿Por qué no? Las corridas son muy útiles económicamente. Dan trabajo a muchos y el Estado va a dirigir ahora todo eso; y quizá la próxima vez no tenga miedo. —Quizá sí –dijo Pilar– y quizá no. —¿Por qué le hablas con tanta dureza? –preguntó María–. Yo te quiero mucho, Pilar, pero te portas como una verdadera bruta. —Es posible que sea un poco bruta –dijo Pilar–. Escucha, inglés, ¿sabes bien lo que vas a decirle al Sordo? —Sí. —Porque es hombre que habla poco; no es como tú ni como yo ni como esta parejita sentimental. —¿Por qué hablas así? –preguntó de nuevo María, irritada. —No lo sé –dijo Pilar, volviendo a caminar–. ¿Por qué piensas que lo hago? —Tampoco lo sé. —Hay cosas que me aburren –dijo Pilar, de mal humor–. ¿Comprendes? Y una de ellas es tener cuarenta y ocho años. ¿Lo has entendido? Cuarenta y ocho años y una cara tan fea como la mía. Y otra es ver el pánico en la cara de un torero fracasado, de tendencias comunistas, cuando digo en son de broma que voy a besarle. —No es verdad, Pilar –dijo el muchacho–. No has visto eso. —¿Qué va a ser verdad? Claro que no. Y a la mierda ; todos. ¡Ah, aquí está! Hola, Santiago. ¿Qué tal? El hombre al que hablaba Pilar era un tipo de baja estatura, fuerte, de cara tostada, pómulos anchos, cabello gris, ojos muy separados y de un