POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 93
—Hola, inglés –contestó ella, y pudo ver su cara morena y sus ojos
verdegrís y sus labios que le sonreían, y el cabello cortado, dorado por
el sol. Levantó la cara y le sonrió mirándolé a los ojos. Sí, era verdad.
Estaban ya a la vista del campamento del Sordo, al final] del pinar, en
una garganta en forma de palangana volcada.'! «Todas estas cuencas
calizas tienen que estar llenas de cuevas –pensó–. Allí mismo veo dos.
Los pinos bajos que crecen entre las rocas, las ocultan bien. Este es un
lugar tan bueno o mejor que el escondrijo de Pablo.
—¿Y cómo fue el fusilamiento de tu familia? –preguntó Pilar a Joaquín.
—Pues, nada, mujer –contestó Joaquín–; eran de izquierdas, como muchos
otros de Valladolid. Cuando los fascistas depuraron el pueblo, fusilaron
primero a mi padre.
Había votado a los socialistas. Luego fusilaron a mi madre; había votado
también a los socialistas. Era la primera vez que votaba en su vida.
Después fusilaron al marido de una de mis hermanas. Era miembro del
Sindicato de conductores de tranvías. No podía conducir un tranvía sin
pertenecer al Sindicato, naturalmente. Pero no le importaba la política.
Yo le conocía bien. Era, incluso, un poco sinvergüenza. No creo que
hubiera sido un buen camarada. Luego, el marido de la otra chica, de mi
otra hermana, que era también tranviario, se fue al monte como yo. Ellos
supusieron que mi hermana sabía dónde se escondía; pero mi hermana no lo
sabía. Así es que la mataron porque no quiso decir nada.
—¡Qué barbaridad! –dijo Pilar–. Pero, ¿dónde está el Sordo? No le veo.
—Está ahí. Debe de estar dentro –respondió Joaquín, y, deteniéndose y
apoyando la culata del fusil en el suelo, dijo–: Pilar, óyeme, y tú,
María; perdonadme si os he molestado hablándoos de mi familia. Ya sé que
todo el mundo tiene las mismas penas y que más vale no hablar de ello.
—Vale más hablar –dijo Pilar–. ¿Para qué se ha nacido, si no es para
ayudarnos los unos a los otros? Y escuchar y no decir nada es una ayuda
bien pobre.
—Pero todo eso ha podido ser molesto para María. Ya tiene bastante con lo
suyo.
—¡Qué va! –dijo María–. Tengo un cántaro tan grande que puedes vaciar
dentro tus penas sin llenarlo. Pero me duele lo que me dices, Joaquín, y
espero que tu otra hermana esté bien.
—Hasta ahora está bien –dijo Joaquín–. La han metido en la cárcel, pero
parece que no la maltratan mucho.
—¿Tienes otros parientes? –preguntó Robert Jordan.
—No –dijo el muchacho–. Yo no tengo a nadie más. Salvo el cuñado que se
fue a los montes y que creo que ha muerto.
—Puede que esté bien –dijo María–. Quizás esté con alguna banda por las
montañas.
—Para mí que está muerto –dijo Joaquín–. Nunca fue muy fuerte y era
conductor de tranvías; no es una preparación muy buena para el monte. No
creo que haya podido durar más de un año. Además, estaba un poco malo del
pecho.
—Puede ser que, a pesar de todo, esté muy bien –dijo María, pasando el
brazo por las espaldas de Joaquín.
—Claro, chica; puede que tengas razón –dijo él.
Como el muchacho se había quedado allí parado, María se empinó, le pasó
el brazo alrededor del cuello y le abrazó. Joaquín apartó la cabeza,
porque estaba llorando.
—Lo hago como si fueras mi hermano –dijo María–. Te abrazo como si fueras
mi hermano.
El muchacho aseveró con la cabeza, llorando, sin hacer ruido.
—Yo soy como si fuera tu hermana –le dijo María–. Te quiero mucho y es
como si fuera de tu familia. Todos somos una familia.