POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 95

color pardo amarillento, nariz de puente, afilada como la de un indio, boca grande y delgada con un labio superior muy largo. Iba recién afeitado! y se acercó a ellos desde la entrada de la cueva moviéndose ágilmente con sus arqueadas piernas, que hacían juego con su pantalón, sus polainas y sus botas de pastor. El día era caluroso, pero llevaba un chaquetón de cuero forrado de piel de cordero, abrochado hasta el cuello. Tendió a Pilar una 170mano grande, morena: —Hola, mujer –dijo–. Hola –dijo a Robert Jordan, le estrechó la mano, mirándole atentamente a la cara. Robert Jordan vio que los ojos del hombre eran amarillos, como los de los gatos, y aplastados como los de los reptiles–. —¡Guapa! –dijo a María, dándole un golpecito en el hombro–. ¿Habéis comido?–preguntó a Pilar. Pilar negó con la cabeza. —¿Comer? –dijo, mirando a Robert Jordan–. ¿Beber? –preguntó, haciendo un ademán con el pulgar hacia abajo, como si estuviera vertiendo algo de una botella. —Sí, muchas gracias –contestó Jordan. —Bien –dijo el Sordo–. ¿Whisky? —¿Tiene usted whisky? El Sordo afirmó con la cabeza. —¿Inglés?–preguntó–.¿No ruso? —Americano. —Pocos americanos aquí –dijo. —Ahora habrá más. ] —Mejor. ¿Norte o Sur? —Norte. —Como inglés. ¿Cuándo saltar puente? —¿Está usted enterado de lo del puente? El Sordo dijo que sí con la cabeza. —Pasado mañana, por la mañana. —Bien –dijo el Sordo. —¿Pablo? –preguntó a Pilar. Ella movió la cabeza. El Sordo sonrió. —Vete –dijo a María, y volvió a sonreír–. Vuelve luego. –Sacó de su chaqueta un gran reloj, pendiente de una correa–. Dentro de una media hora. Les hizo señas para que se sentaran en un tronco pulido, que servía de banco, y, mirando a Joaquín, extendió el índice hacia el sendero en la dirección en que habían venido. —Bajaré con Joaquín y volveré luego –dijo María. El Sordo entró en la cueva y salió con un frasco de whisky y tres vasos; el frasco, debajo del brazo, los vasos en una mano, un dedo en cada vaso. En la otra mano llevaba una cántara llena de agua, cogida por el cuello. Dejó los vasos y el frasco sobre el tronco del árbol y puso la cántara en el suelo. —No hielo –dijo a Robert Jordan, y le pasó el frasco. —Yo no quiero de eso –dijo Pilar, tapando su vaso con la mano. —Hielo, noche última, por suelo –dijo el viejo, y sonrió–. Todo derretido. Hielo, allá arriba –añadió, y señaló la nieve que se veía sobre la cima desnuda de la montaña–. Muy lejos. Robert Jordan empezó a llenar el vaso del Sordo; pero el viejo movió la cabeza y le indicó por señas que tenía que servirse él primero.