POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 148
«¿Qué me pasa? –pensó–. A fuerza de oírle acabo por hablar como Fernando.
Ese lenguaje debe ser contagioso. El francés es la lengua de la
diplomacia; el español es la lengua de la burocracia.»
—No –dijo María–. No.
—Esto no va contigo –dijo Pilar a la muchacha–. Ten la boca cerrada.
—Puedo hacerlo esta noche –dijo Robert Jordan. Vio que Pilar le miraba,
poniéndose un dedo sobre los labios. Con un gesto señaló la entrada de la
cueva.
Se levantó la manta que cubría la entrada y apareció la cabeza de Pablo.
Sonrió a todos, entró y se volvió para dejar caer la manta detrás de él.
Luego se quedó allí parado, haciéndoles frente, se quitó la manta que le
cubría la cabeza y se sacudió la nieve.
—¿Estábais hablando de mí? –Se dirigía a todos–. ¿Ojito he interrumpido?
Nadie le respondió. Colgó su capote de una estaca clavada en el muro y se
acercó a la mesa.
¿Qué tal? –preguntó. Cogió la taza que había dejado sobre la mesa y la
metió en el barreño–. No queda vino dijo a María–. Anda, saca algo del
pellejo.
María cogió el cuenco, se fue hasta el pellejo polvoriento, deforme y
ennegrecido, suspendido del muro, con el pescuezo para abajo, y soltó el
tapón de una de las patas. Pablo la miró mientras se arrodillaba
levantando el cuenco y observó atentamente cómo el ligero vino rojo caía
en el cuenco haciendo ruido.
—Cuidado –dijo–; el vino está ya más abajo de la altura del pecho. Nadie
dijo nada.
—Me he bebido desde el ombligo hasta el pecho –dijo Pablo–. Es la ración
del día. Pero ¿qué es lo que pasa? ¿Habéis perdido todos la lengua? Nadie
dijo nada.
—Ciérralo bien, María –ordenó–. No le dejes que se derrame.
—Hay mucho vino todavía –dijo Agustín–. Podrás emborracharte.
—Uno que ha encontrado su lengua –dijo Pablo, haciendo un gesto hacia
Agustín–. Enhorabuena. Creí que algo te había dejado mudo. –¿El qué? –
preguntó Agustín. –Mi vuelta.
—¿Crees que tu vuelta tiene importancia? «Está acaso preparándose para
ello –pensó Robert Jordan–. Quizás Agustín vaya a dar el golpe. Desde
luego, le odia como para eso. Yo no le odio. No, no le odio. Me
desagrada, pero no le odio. Aunque esa historia de los ojos arrancados le
coloca en una clase aparte. Pero, al fin y al cabo, es su guerra. No
podemos tenerle con nosotros durante estos dos días. Voy a quedarme a un
lado de todo esto. He hecho una vez el imbécil esta noche y estoy
resuelto a liquidarle. Pero no tengo ganas de hacer otra vez el imbécil.
Y no conviene montar un duelo a pistola ni provocar un escándalo con toda
esa dinamita en la cueva. Pablo ha pensado en ello, naturalmente, y tú,
¿habías pensado en ello? Y Agustín, tampoco. Mereces todo lo que pueda
sucederte.»
—Agustín –llamó.
—¿Qué? –contestó Agustín, elevando una mirada hosca y apartándola de
Pablo.
—Tengo que hablar contigo –dijo Robert Jordan.
—Luego.
—No, ahora –dijo Robert Jordan–. Por favor.
Robert Jordan se había acercado a la entrada de la cueva y Pablo seguía
sus movimientos con los ojos. Agustín, alto, con las mejillas hundidas,
se puso en pie y se le acercó. Se movía a disgusto y despectivamente.
—¿Has olvidado lo que hay en los sacos? –le preguntó Robert Jordan en voz
baja.
—Leche –dijo Agustín–. Uno se habitúa a todo y luego se olvida.