POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 147

—Era solamente una idea –alegó Rafael, el gitano–. Me parece que los facciosos se alegrarían de tenerle. —Basta –dijo Agustín–; eso es una cochinada. —No más sucia que lo que hace Pablo –dijo el gitano, para justificarse. —Una porquería no justificaría otra –sentenció Agustín–. Bueno, ya estamos todos. Salvo el viejo y el inglés. —Ellos nada tienen que ver en esto –dijo Pilar–. Pablo no ha sido su jefe. —Un momento –dijo Fernando–; yo no he acabado de hablar. —Pues habla –dijo Pilar–. Habla hasta que vuelva él. Y sigue hablando hasta que nos arroje una granada de mano por encima de la manta y nos haga volar, con dinamita y todo. –Me parece que exageras, Pilar –dijo Fernando–; no creo que tenga tales intenciones. —Yo no lo creo tampoco –dijo Agustín–. Porque con eso, acabaría también con el vino, y va a volver dentro de poco para seguir bebiendo. —¿Por qué no entregárselo al Sordo y dejar que el Sordo se lo venda a los fascistas? –propuso Rafael–. Podríamos arrancarle los ojos y sería fácil llevarle. —Cállate –dijo Pilar–; cuando hablas así creo que debiéramos hacer también algo contigo. —Además, los fascistas no pagarían nada por él –dijo Primitivo–. Esas cosas han sido ya ensayadas por otros; pero no pagan nada. Y encima son capaces de fusilarte a ti. —Creo que si