POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Página 146

C APÍTULO DIECISIETE No se oía en la cueva más ruido que el silbido que hacía la chimenea cuando caía la nieve por el agujero del techo sobre los carbones del fogón. —Pilar –preguntó Fernando–, ¿ha quedado cocido? —Cállate –dijo la mujer. Pero María cogió la escudilla de Fernando, la acercó a la marmita grande, que estaba apartada del fuego, y la llenó. Puso otra vez la escudilla sobre la mesa y dio un golpecito suave en el hombro de Fernando, que se había echado hacia delante para comer. Estuvo unos momentos junto a él; pero Fernando no levantó los ojos del plato. Estaba entregado enteramente a su cocido. Agustín seguía de pie junto al fuego. Los otros estaban sentados. Pilar, a la mesa, junto a Robert Jordan. —Ahora, inglés –dijo–, ya sabes cómo están las cosas. —¿Qué es lo que crees tú que hará? –preguntó Robert Jordan. —Cualquier cosa –repuso la mujer, mirando fijamente a la mesa–. Cualquier cosa. Es capaz. Es capaz de hacer cualquier cosa. —¿Dónde está el fusil automático? –preguntó Robert Jordan. —Allí, en aquel rincón, envuelto en una manta –contestó Primitivo–. ¿Lo quieres? —Luego –dijo Robert Jordan–; quería saber dónde estaba. —Está ahí –dijo Primitivo–; lo he metido dentro y lo he envuelto en mi manta, para que se mantenga seco. Los platos están en esa mochila. —No se atreverá a eso –dijo Pilar–; no hará nada con la máquina. —–Decías que haría cualquier cosa. —Sí –contestó ella–; pero no conoce la máquina. Sería capaz de arrojar una bomba. Eso es más de su estilo. —Es una estupidez y una flojera el no haberle matado –dijo el gitano, que no había participado en la conversación de la noche hasta entonces–. Anoche debió matarle Roberto. —Matadle –dijo Pilar. Su enorme rostro se había vuelto sombrío y respiraba con fatiga–. Estoy resuelta. —Yo estaba contra ello antes –dijo Agustín, parado delante del fuego, con los brazos colgando sobre los costados; tenía las mejillas cubiertas por una espesa barba y los pómulos señalados por el resplandor del fuego–. Ahora estoy a favor. Ahora es peligroso y querría vernos muertos a todos. —Que hablen todos –dijo Pilar, con voz cansada–. ¿Qué es lo que dices tú, Andrés? —Matadlo –dijo el hermano del mechón oscuro y abundante sobre la frente, al tiempo que asentía con la cabeza. —¿Y Eladio? —Lo mismo –repuso el otro hermano–. Para mí es un gran peligro. Y no sirve para nada. —¿Primitivo? —Lo mismo. —¿Fernando? —¿No podríamos guardarle como prisionero? –preguntó Fernando. —¿Y quién le guardaría? –preguntó Primitivo–. Hacen falta dos hombres para guardar un prisionero. ¿Y qué haríamos con él al final? —Podríamos vendérselo a los fascistas –contestó el gitano. —Nada de eso –dijo Agustín–. Nada de hacer porquerías.