POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 136

C APÍTULO DIECISÉIS —El Sordo ha estado aquí –dijo Pilar a Robert Jordan. Acababan de dejar la tormenta para adentrarse en el calor humeante de la cueva y la mujer había hecho un gesto al inglés para que se acercase a ella–. Ha ido a buscar caballos. —Bien. ¿Dejó dicho algo para mí? —Sólo que iba a buscar caballos. —¿Y nosotros? —No sé –dijo ella–. Ahí le tienes. Robert Jordan había visto a Pablo al entrar y Pablo le había sonreído. Le miró de nuevo, desde su asiento junto a la mesa de tablones y le sonrió, agitando la mano. —Inglés –dijo Pablo–, sigue cayendo, inglés. Robert Jordan asintió con la cabeza. —Déjame quitarte los calcetines para ponértelos a secar –dijo María–. Voy a colgarlos sobre el fuego. —Cuidado con no quemarlos –dijo Robert Jordan–; no quiero andar por ahí con los pies desnudos. ¿Qué es lo que pasa? –preguntó a Pilar–. ¿Hay reunión? ¿No habéis puesto centinelas fuera? —¿Con esta tormenta? ¡Qué va! Había seis hombres sentados a la mesa, con la espalda pegada al muro. Anselmo y Fernando seguían sacudiéndose la nieve de sus chaquetones, golpeando los pantalones y frotando los zapatos contra el muro cerca de la entrada. —Dame tu chaqueta –dijo María–; no dejes que la nieve se derrita encima. Robert Jordan se quitó la chaqueta, sacudió la nieve de su pantalón y se descalzó. —Vas a mojarlo todo –dijo Pilar. –Eres tú la que me has llamado. —No es una razón para no irte a la puerta y sacudirte allí. —Perdona –dijo Robert Jordan, en pie, con los pies descalzos sobre el polvo del suelo–. Búscame un par de calcetines, María. —El dueño y señor –comentó Pilar, y se puso a atizar el fuego. —Hay que aprovechar el tiempo –dijo Robert Jordan– hay que tomar las cosas como vienen. —Está cerrado –dijo María. —Toma la llave –y se la tiró. —No abre esta mochila. —Es la de la otra. Los calcetines están en la parte de arriba, a un lado. La muchacha encontró los calcetines y se los entregó juntamente con la llave, después de cerrar el saco. —Siéntate y pónmelos, pero antes sécate los pies –dijo. Robert Jordan le sonrió. —¿No podrías secármelos tú con tus cabellos? –preguntó en voz alta, de modo que Pilar pudiese oírle. —–¡Qué cerdo! –exclamó Pilar–. Hace un momento era el dueño de esta casa y ahora quiere ser nada menos que nuestro antiguo Señor Jesucristo. Dale un leñazo. —No –dijo Robert Jordan–; es una broma, y bromeo porque estoy contento. —¿Estás contento? —Sí –dijo–, estoy contento porque todo va muy bien. —Roberto –dijo María–, ve a sentarte, y sécate los pies, que voy a darte algo de beber para calentarte.