POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 135
le golpeó cariñosamente en las espaldas. El inglés estaba contento y
habían bromeado juntos. El inglés decía que todo iba a marchar bien y que
no estaba preocupado. La bebida le había calentado el estómago y sus pies
se le iban calentando a medida que trepaban.
—No ha habido gran cosa por la carretera –dijo al inglés.
—Bien –contestó éste–; me lo contarás todo cuando lleguemos.
Anselmo se sentía dichoso y se alegraba de haberse quedado en su puesto
de observación.
Si hubiese vuelto al campamento, no hubiera sido incorrecto. Hubiera sido
una cosa atinada y correcta el haberlo hecho, dadas las circunstancias,
pensaba Robert Jordan. Pero se había quedado en el lugar que se le dijo.
Aquello era la cosa más rara que podía verse en España. Permanecer en su
puesto durante una tormenta supone muchas cosas. No es ninguna tontería
el que los alemanes empleen la palabra Sturm (tormenta), para designar un
asalto. «Me vendrían bien un par de hombres como él, capaces de quedarse
en el lugar que se les ha designado. Me vendrían muy bien. Me pregunto si
Fernando se hubiera quedado. Es posible. Después de todo fue él quien se
ofreció a acompañarme, hace un momento. ¿Crees que se hubiera quedado? La
cosa estaría bien. Es lo suficientemente tozudo para ello. Tengo que
hacerle algunas preguntas. ¿Qué estará pensando este viejo indio de
cigarrería en estos momentos? »
—¿En qué piensas, Fernando? –preguntó Jordan.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Por curiosidad –contestó Jordan–. Soy un hombre muy curioso.
—Estaba pensando en la cena –dijo Fernando.
—¿Te gusta comer?
—Sí. Mucho.
—¿Qué tal guisa Pilar?
—Lo corriente –dijo Fernando.
«Es un segundo Coolidge –pensó Jordan–. Pero, bueno, de todos modos tengo
la impresión de que es uno de los que se quedarían.»
Y siguieron trepando, colina arriba, entre la nieve.