POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 121
—Entonces –volvió a preguntar en voz alta, cortésmente– ¿tendré que
dormir aquí?
—Claro.
—Gracias –dijo Robert Jordan–; pero prefiero dormir fuera.
—¿En la nieve?
—Claro. –«Al diablo tus ojos sanguinolentos de puerco y tu cara de puerco
con pelos de puerco», pensó y luego dijo en voz alta:– En la nieve. –«En
esa condenada desastrosa y destructora nieve.»
Se acercó a María que acababa de echar al fuego otra brazada de pino.
—Es muy bonita la nieve –dijo a la muchacha.
—Pero es mala para tu trabajo, ¿no es así? –preguntó ella–. ¿Estás
preocupado?
—¡Qué va! –dijo él–. No vale de nada el preocuparse. ¿Cuándo estará lista
la cena?
—Supongo que tienes apetito –dijo Pilar–. ¿Quieres un trozo de queso,
mientras aguardas?
—Gracias –dijo Jordan. Y Pilar le cortó un trozo de queso de la enorme
pieza que colgaba de un cordel, del techo. Se quedó parado allí
comiéndoselo. El queso sabía demasiado a cabra, para su gusto.
—María –dijo Pablo, sin moverse de la mesa.
—¿Qué? –preguntó la chica.
—Limpia la mesa, María –dijo Pablo, con una sonrisa maliciosa.
—Límpiate las babas antes –dijo Pilar–. Límpiate antes la barbilla y la
camisa y después se limpiará la mesa.
—María –llamó Pablo.
—No le hagas caso; está borracho –dijo Pilar.
—María –llamó Pablo–,