POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 122

algunos momentos me encuentro realmente harto. De todo esto, de vosotros, de mí, de la guerra; y ¿por qué, por si fuera poco, tenía que nevar ahora? Todo esto es demasiada porquería. Bueno, no; no lo es. Nada es demasiado. Hay que tomar las cosas como son y salir como se pueda; y ahora deja de hacer la prima donna y acepta el hecho de que está nevando, como lo has hecho hace un momento y vete a saber qué pasa con el gitano y vete a recoger a tu viejo. ¡Mira que nevar! En este mes. Bueno, basta; deja eso. Deja eso y toma las cosas como vienen. Lo de la copa. Eso de la copa. ¿Qué era aquello de la copa? Haría mejor en ejercitar la memoria o no tratar de citar ninguna cosa, porque cuando hay algo que se escapa queda en la memoria como un colgajo y no hay manera de quitárselo de encima. ¿Cómo era aquello de la copa?» —Dame un trago de vino, por favor –dijo en español. Y luego: No deja de nevar, ¿eh? –dirigiéndose a Pablo–. Mucha nieve. El borracho levantó la vista hacia él y sonrió. Movió la cabeza a uno y otro lado y volvió a sonreír. —Ni ofensiva, ni aviones, ni puente. Nada más que nieve –dijo. —¿Crees que durará mucho? –preguntó Robert Jordan, sentándose a su lado–. ¿Crees que va a estar nevando todo el verano, Pablo? —Todo el verano, no –dijo Pablo–; esta noche y mañana, sí. —¿Por qué lo supones así? —Hay dos clases de tormentas –dijo Pablo, sentenciosamente–; unas vienen de los Pirineos. Esas traen mucho frío. Pero ahora la estación está demasiado adelantada. —Bueno –dijo Robert Jordan–; algo es algo. —Esta tormenta viene del Cantábrico –dijo Pablo–; viene del mar. Con el viento en esa dirección, será una gran tormenta con mucha nieve. —¿En dónde has aprendido todo eso, veterano? –preguntó Robert Jordan. Ya que su rabia se había disipado se encontraba excitado placenteramente con la tormenta, como le sucedía siempre con las tormentas. En una nevada, un temporal, un aguacero tropical o una tormenta de verano con muchos truenos en las montañas hallaba siempre una excitación que no se parecía a nada. Era como la excitación de la batalla, pero más limpia. En las batallas sopla un viento que es un viento caliente que reseca la boca, un viento que sopla de manera angustiosa, un viento caliente y sucio, un viento que se levanta o amaina según la suerte del día. Conocía muy bien esa clase de viento. Pero una tormenta de nieve era justamente todo lo contrario. En las tormentas de nieve es posible acercarse a los animales salvajes sin que os teman. Los animales vagan por el campo sin saber dónde están y a veces le había ocurrido encontrarse un ciervo en el mismo umbral de su casa. En una tempestad de nieve se puede llegar galopando hasta un gamo, y el gamo toma a vuestro caballo por otro gamo y se pone a trotar a su encuentro. En una tempestad de nieve puede el viento soplar en ráfagas, pero sopla una pureza blanca y el aire está lleno de corrientes de blancura, todo queda transfigurado, y cuando el viento cesa, entonces es la paz. Aquella tormenta era una gran tormenta y convenía gozar de ella. La tormenta deshacía todos sus planes; pero, al menos, podía disfrutarla. —He sido arriero durante muchos años –dijo Pablo–• llevábamos las mercancías a través de las montañas en grandes carros, antes que hubiese camiones. En ese trabajo se aprende a conocer el tiempo. —¿Y cómo entraste en el Movimiento? –He sido siempre de izquierdas –dijo Pablo–; teníamos muchas relaciones con las gentes de Asturias, que son muy avanzadas en política. Yo he sido siempre republicano. –¿Pero ¿qué hacías antes del Movimiento? –Por entonces trabajaba con un tratante de caballos en Zaragoza. Ese tratante proporcionaba los caballos para las corridas de toros y para las remontas del ejército. Fue entonces cuando