POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 120
C APÍTULO CATORCE
Al tiempo en que llegaban al campamento empezó a nevar, y los copos caían
diagonalmente entre los pinos. Descendían sesgados entre los árboles,
escasos al principio, más abundantes luego y describiendo círculos,
cuando el viento frío empezó a soplar de las montañas, a torbellinos y
espesos. Robert Jordan, furioso, se detuvo ante la boca de la cueva, para
contemplarlos.
—Vamos a tener mucha nieve –dijo Pablo. Tenía la voz ronca y los ojos
encarnados y turbios. –¿Ha vuelto el gitano? –preguntó Robert Jordan. –No
–contestó Pablo–; no han vuelto ni él ni el viejo. –¿Quieres venir
conmigo al puesto de arriba, al que está en la carretera?
—No –dijo Pablo–; no quiero tomar parte en nada de esto.
—Bueno, entonces iré solo.
—Con esta tormenta puede que no lo encuentres –dijo Pablo–; yo, en tu
lugar, no iría.
—No hay más que bajar por la carretera y luego seguirla cuesta arriba.
—Puede que lo encuentres; pero tus dos centinelas van a subir con esta
nieve y te cruzarás con ellos sin verlos. –El viejo me aguardará.
—¡Qué va! Volverá a casa con esta nieve. –Pablo miró la que caía
rápidamente frente a la entrada de la cueva, y dijo:– No te gusta la
nieve, ¿eh, inglés?
Robert Jordan soltó un juramento; Pablo le miró con sus turbios ojos y se
echó a reír.
—Con esto, tu ofensiva se va a pique, inglés –dijo–. Vamos, entra en la
cueva, que tu gente volverá en seguida.
En la cueva, María se ocupaba del fuego y Pilar de la cocina. El fuego
humeaba y la muchacha lo iba atizando con un palo, soplando luego con un
papel doblado; hubo de repente una llamarada intensa y después el viento
tiró del humo hacia arriba, por el agujero del techo.
—¡Qué manera de nevar! –exclamó Robert Jordan–. ¿Crees que va a caer
mucha?
—Mucha –dijo Pablo, con satisfacción. Luego se dirigió a Pilar–: Tú,
mujer, ¿no te gusta la nieve? Ahora que mandas tú, ¿no te gusta esta
nieve?
—¿Y a mí qué? –dijo Pilar, sin volverse–. Si nieva, que nieve.
—Echa un trago, inglés –dijo Pablo–. Yo he estado bebiendo todo el día
esperando que nevara.
—Dame un jarro –dijo Robert Jordan.
—Por la nieve –dijo Pablo, brindando con él.
Robert Jordan le miró fijamente y chocó los jarros. «Tú, asesino legañoso
–pensó–, quisiera romperte el jarro entre los dientes. Vamos, cálmate,
tómalo con calma.»
—Es muy bonita la nieve –dijo Pablo–; pero no vas a poder dormir fuera
con tanta como cae.
«Ah, eso es lo que piensas –se dijo Robert Jordan–. Eso es lo que te
tiene preocupado, ¿no, Pablo?»
—¿No? –dijo cortésmente en voz alta.
—No; hace mucho frío –dijo Pablo– y mucha humedad.
«Lo que tú no sabes –pensó Robert Jordan– es por qué esos viejos
edredones, lo que se llama un saco de noche, cuestan sesenta y cinco
dólares. Quisiera que me dieses un dólar por cada vez que he dormido en
la nieve, guapo.»