POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 102

—A mí me daría lo mismo, en tanto en cuanto volase el puente –explicó Robert Jordan–; pero me hago cargo de su punto de vista. ¿No pueden llevar ustedes a cabo una retirada en pleno día? —Sí que podemos hacerlo –dijo el Sordo–. Podemos organizar esa retirada. Pero lo que estoy explicándote es por qué estamos inquietos y por qué nos hemos enfadado. Tú hablas de ir a Gredos como si fuera una maniobra militar. Si llegáramos a Gredos, sería un milagro. Robert Jordan no dijo nada. —Oye –dijo el Sordo–; estoy hablando mucho. Pero es el único modo de entenderse los unos a los otros. Nosotros estamos aquí de milagro. Por un milagro de la pereza y de la estupidez de los fascistas, que tratarán de remediar a su debido tiempo. Desde luego, tenemos mucho cuidado y procuramos no hacer ruido por estos montes. —Ya lo sé. —Pero ahora, una vez hecho eso, tendremos que irnos. Tenemos que pensar en la manera de marcharnos. —Naturalmente. —Bueno –concluyó el Sordo–, vamos a comer. Ya he hablado bastante. —Nunca te he oído hablar tanto –dijo Pilar–. ¿Ha sido esto? –y levantó el vaso. —No –dijo el Sordo, negando con la cabeza–. No ha sido el whisky. Ha sido porque nunca tuve tantas cosas de que hablar como hoy. —Le agradezco su ayuda y su lealtad –dijo Robert Jordan–; me doy cuenta de las dificultades que origino exigiendo que el puente sea volado en ese momento. —No hablemos de eso –dijo el Sordo–. Estamos aquí para hacer lo que se pueda. Pero la cosa es peliaguda. —Sobre el papel, sin embargo, es muy sencilla –dijo Robert Jordan sonriendo–. Sobre el papel, el puente tiene que saltar en el momento en que comience el ataque, de modo que no pueda llegar nada por la carretera. Es muy sencillo. —Que nos hagan hacer alguna cosa sobre el papel –dijo el Sordo–, que inventen y realicen algo sobre el papel. —El papel no sangra –dijo Robert Jordan, citando el proverbio. —Pero es muy útil –dijo Pilar–; es muy útil. Lo que me gustaría a mí valerme de tus órdenes para ir al retrete. —A mí, también –dijo Robert Jordan–; pero no es así como se gana una guerra. —No –dijo la mujerona–; supongo que no. Pero ¿sabes lo que me gustaría? —Ir a la República –contestó el Sordo. Había acercado su oreja sana a la mujer mientras hablaba–. Ya irás, mujer. Deja que ganemos la guerra y todo