POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Página 101

tenemos que hacer cuando haya concluido tu asunto, cierra el pico, ¿entiendes? —Eso es asunto tuyo –dijo Robert Jordan, tuteándola de repente–. Yo no tengo que meter la mano en ello. —Pues sí que la metes –dijo Pilar–. Así es que llévate a tu putilla rapada y vete a la República; pero no des con la puerta en las narices a los que no son extranjeros ni a los que trabajaban ya por la República cuando tú estabas todavía mamando. María, que iba subiendo por el sendero mientras hablaban, oyó las últimas frases que Pilar, alzando de nuevo la voz, decía a gritos a Robert Jordan. La muchacha movió la cabeza mirando a su amigo y agitó un dedo en señal de negación. Pilar vio a Robert Jordan mirar a la muchacha y sonreírle. Entonces se volvió y dijo: —Sí, he dicho puta, y lo mantengo, y supongo que vosotros os iréis juntos a Valencia y que nosotros podemos ir a Gredos a comer cagarrutas de cabras. —Soy una puta, si esto te agrada –dijo María–; tiene que ser así, además, si tú lo dices. Pero cálmate. ¿Qué es lo que te pasa? —Nada –contestó Pilar, y volvió a sentarse en el banco; su voz se había calmado, perdiendo el acento metálico que le daba la rabia–. No es que te llame eso; pero tengo tantas ganas de ir a la República... —Podemos ir todos –dijo María. —¿Por qué no? –preguntó Robert Jordan–. Puesto que no te gusta Gredos... El Sordo le hizo un guiño. —Ya veremos –dijo Pilar, y su cólera se había desvanecido enteramente–. Dame un vaso de esa porquería. Me he quedado ronca de rabia. Ya veremos. Ya veremos qué es lo que pasa. —Ya ves, camarada –explicó el Sordo–; lo que hace las cosas difíciles es la mañana. –Ya no hablaba en aquel español zarrapastroso ex profeso para extranjeros y miraba a Robert Jordan a los ojos seria y calmosamente, sin inquietud ni desconfianza, ni con aquella ligera superioridad de veterano con que le había tratado antes.– Comprendo lo que necesitas. Sé que los centinelas deben ser exterminados y el puente cubierto mientras haces tu trabajo. Todo eso lo comprendo perfectamente. Y es fácil de hacer antes del día o de madrugada. —Sí –contestó Robert Jordan–. Vete un momento, ¿quieres? –dijo a María, sin mirarla. La muchacha se alejó unos pasos, lo bastante como para no oír, y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. —Ya ves –dijo el Sordo–. La dificultad no está en eso. Pero largarse después y salir de esta región con luz del día es un problema grave. —Naturalmente –dijo Robert Jordan–, y he pensado en ello. Pero también será pleno día para mí. —Pero tú estás solo –dijo el Sordo–; nosotros somos varios. —Habría la posibilidad de volver a los campamentos y salir por la noche – dijo Pilar, llevándose el vaso a los labios y apartándolo después sin llegar a beber. —Eso es también muy peligroso –explicó el Sordo–. Eso es quizá más peligroso todavía. —Creo que lo es, en efecto –dijo Robert Jordan. —Volar el puente por la noche sería fácil –dijo el Sordo–; pero si pones la condición de que sea en pleno día, puede acarrearnos graves consecuencias. —Ya lo sé. —¿No podrías hacerlo por la noche? —Sí, pero me fusilarían. —Es muy posible que nos fusilen a todos si tú lo haces en pleno día.