POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 100
pasará. Serían ciertamente más útiles en Gredos que aquí. La prueba es
que aquí no han hecho nada después de lo del tren, que organizó Kashkin.
Y no fue tampoco nada extraordinario. Les costó a los fascistas una
locomotora y algunos ombres; pero hablan de ello como si fuera un hecho
importante de la guerra. Quizás acaben por sentir vergüenza y marcharse a
Gredos. Sí, pero quizá también me larguen a mí de aquí. En cualquier
caso, no es una perspectiva demasiado halagüeña la que tengo ahora
delante de mí.»
—Oye, inglés –le dijo Pilar–. ¿Cómo van tus nervios?
—–Muy bien –contestó Jordan–; perfectamente.
—Te lo pregunto porque el último dinamitero que nos enviaron para
trabajar con nosotros, aunque era un técnico formidable, era muy
nervioso.
—Hay algunos que son nerviosos –dijo Robert Jordan.
.–No digo que fuese un cobarde, porque se comportó muy bien –siguió
Pilar–; pero hablaba de una manera extraña y pomposa –levantó la voz–.
¿No es verdad, Santiago, que el último dinamitero, el del tren, era un
poco raro?
—Algo raro –confirmó el Sordo, y sus ojos se fijaron en el rostro de
Jordan de una manera que le recordaron el tubo de escape de un aspirador
de polvo–. Sí, algo raro, pero bueno.
—Murió –dijo Robert Jordan al Sordo–. Ha muerto.
—¿Cómo fue eso? –preguntó el Sordo, dirigiendo su mirada desde los ojos
de Robert Jordan a sus labios.
—Le maté yo –dijo Robert Jordan–. Estaba herido demasiado gravemente para
viajar, y le maté.
—Hablaba siempre de verse en ese caso –dijo Pilar–; era su obsesión.
—Sí –dijo Robert Jordan–; hablaba siempre de eso y era su obsesión.
—¿Cómo fue? –preguntó el Sordo–. ¿Fue en un tren?
—Fue al volver de un tren –dijo Robert Jordan–. Lo del tren salió bien.
Pero al volver, en la oscuridad, nos tropezamos con una patrulla fascista
y cuando corríamos fue herido en lo alto por la espalda, sin que ninguna
vértebra fuese dañada; solamente el omóplato. Anduvo algún tiempo, pero,
por su herida, se vio forzado a detenerse. No quería quedarse detrás, y
le maté.
—Menos mal –dijo el Sordo.
—¿Estás seguro de que tus nervios se encuentran en perfectas condiciones?
–preguntó Pilar a Robert Jordan.
—Sí –contestó él–; estoy seguro de que mis nervios están en buenas
condiciones y me parece que cuando terminemos con lo del puente harían
ustedes bien yéndose a Gredos.
No había acabado de decir esto cuando la mujer comenzó a soltar un
torrente de obscenidades, que le arrollaron, cayendo sobre él como el
agua caliente blanca y pulverizada que salta en la repentina erupción de
un geiser.
El Sordo movió la cabeza mirando a Jordan con una sonrisa de felicidad.
Siguió moviendo la cabeza, lleno de satisfacción mientras Pilar
continuaba arrojando palabrota tras palabrota y Robert Jordan comprendió
que todo iba de nuevo muy bien. Por fin Pilar acabó de maldecir, cogió la
cántara del agua, bebió y dijo más calmada:
—Así es que cállate la boca sobre lo que tengamos que hacer después; ¿te
has enterado, inglés? Tú vuélvete a la República, llévate a esa buena
pieza contigo y déjanos a nosotros aquí para decidir en qué parte de