POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 103
C APÍTULO DOCE
Después de haber comido salieron del refugio del Sordo y comenzaron a
descender por la senda. El Sordo los acompaño hasta el puesto de más
abajo. –Salud –dijo–. Hasta la noche.
—Salud, camarada –dijo Robert Jordan, y los tres siguieron bajando por el
camino mientras el viejo, parado, los seguía con la mirada. María se
volvió y agitó la mano. El Sordo agitó la suya, haciendo con el brazo ese
ademán rápido que al estilo español quiere ser un saludo, aunque más bien
parece la manera de arrojar una piedra a lo lejos; algo así como si en
lugar de saludar se quisiera zanjar de golpe un asunto. Durante la comida
el Sordo no se había desabrochado su chaqueta de piel de cordero y se
había comportado con una cortesía exquisita, teniendo cuidado de volver
la cabeza para escuchar cuando se le hablaba, y volviendo a utilizar
aquel español entrecortado para preguntar a Robert Jordan sobre la
situación de la República cortésmente; pero estaba claro que deseaba
verse libre de ellos cuanto antes.
Al marcharse, Pilar le había dicho:
—¿Qué te pasa, Santiago?
—Nada, mujer –había respondido el Sordo–. Todo está muy bien; pero estoy
pensando.
—Yo también –había dicho Pilar.
Y ahora que seguían bajando por el sendero, bajada fácil y agradable por
entre los pinos, por la misma pendiente que habían subido con tanto
esfuerzo unas horas antes, Pilar mantenía la boca cerrada. Robert Jordan
y María callaban también, de manera que anduvieron rápidamente hasta el
lugar en que la senda descendía de golpe, saliendo del valle arbolado
para adentrarse luego en el monte y alcanzar por fin el prado de la
meseta.
Hacía calor aquella tarde de fin de mayo, y a mitad de camino de la
última grada rocosa, la mujer se detuvo. Robert Jordan la imitó y al
volverse vio el sudor perlar la frente de Pilar. Su moreno rostro se le
antojó pálido, la piel floja y vio que grandes ojeras negras se dibujaban
bajo sus ojos. –Descansemos un rato –dijo–; vamos demasiado de prisa.
—No –dijo ella–, continuemos.
—Descansa, Pilar –dijo María–; tienes mala cara.
—Cállate –dijo la mujer–; nadie te ha pedido tu opinión.
Empezó a subir rápidamente por el sendero, pero llegó al final sin
alientos y no cabía ya duda sobre la palidez de su rostro sudoroso.
—Siéntate, Pilar –dijo María–; te lo ruego; siéntate, por favor.
—Está bien –dijo Pilar.
Se sentaron los tres debajo de un pino y miraron por encima de la pradera
las cimas que parecían surgir de entre las curvas de los valles cubiertos
de una nieve que brillaba al sol hermosamente en aquel comienzo de la
tarde.
—¡Qué condenada nieve y qué bonita es de mirar! –dijo Pilar–. Hace pensar
en no sé qué la nieve. –Se volvió hacia María y dijo:– Siento mucho haber
sido tan brusca contigo, guapa. No sé qué me pasa hoy. Estoy de malas.
—No hago caso de lo que dices cuando estás enfadada –contestó María–, y
estás enfadada con mucha frecuencia.
—No, esto es peor que un enfado –dijo Pilar, mirando hacia las cumbres.
—No te encuentras bien –dijo María.
—No es tampoco eso –dijo la mujer–. Ven aquí, guapa, pon la cabeza en mi
regazo.