Perifèria. Cristianisme, Postmodernitat, Globalització 6/2019
tanto en su versión religiosa como en su
versión política, comparece en el núcleo
de todo sistema social y es el fundamento
de las instituciones (poder político, justi-
cia, constituciones…).
De hecho, el propio cristianismo ha sido
reconvertido y vivido como una religión
sacrificial. Un ejemplo de esta reconver-
sión la hallamos en la reflexión de Ansel-
mo, un teólogo del siglo XI, que afirma que
el sentido de la muerte de Jesús es pagar
una deuda infinita con Dios (el precio de
nuestros pecados), impagable para el ser
humano que es finito. Esta deuda sólo es
posible saldarla con la “muerte” de Jesús
(a su modo también infinito por ser Hijo
de Dios). En este sentido, la muerte de
Jesús era necesaria para mantener la ley
(el pago de la deuda) y el orden de toda
la creación. Lo interesante es darse cuen-
ta de que al reducir el cristianismo a una
nueva religión sacrificial se lo despoja de
su savia original y se lo iguala con aquello
que pretendía denunciar: También los que
llevaron Jesús a la muerte entendían que
ésta era necesaria para preservar el orden
social y religioso.
4. El desenmascaramiento cristiano
del fundamento último del populismo
Según R. Girard, lo que da al cristianis-
mo su enorme fuerza de penetración es
el hecho de denunciar todas las formas
violentas, sacrificiales, de las culturas y
la historia humana sin dejarse reducir por
ninguna identidad. De hecho, el cristia-
nismo no es una identidad más, sino que
constituye la crítica de todas ellas cuando
suponen algún género de división perver-
sa entre “nosotros” y “ellos”. Recordemos
que el cristianismo lleva en su corazón la
desacralización de las identidades nacio-
nales, religiosas, sociales y de género: “Ya
no hay judío ni griego; no hay esclavo ni
libre; no hay varón ni mujer” 13 . El “Israel
primero”, tan típico de todo populismo,
no es precisamente el eslogan de Jesús.
Todo lo contrario, Jesús muestra una
particular simpatía con aquellos que no
entran en el estándar común y nacional:
leprosos, minorías desfavorecidas, publi-
canos, pecadores, extranjeros, prostitu-
tas, proscritos, defraudadores, ladrones y
traidores al país.
Pero lo que desborda absolutamente la
lógica populista es el llamado a amar a
los enemigos. Es el antipopulismo mis-
mo: “Porque si amáis a los que os aman,
¿qué gracia tenéis? Porque también los
pecadores aman a los que los aman” 14 . El
otro, aunque sea un enemigo, es recono-
cido como una persona como yo, incluso
si me ataca. La presunción de inocencia
no es el criterio desde el que se respeta
el derecho del otro, sino que se le respeta
por ser otro, por ser persona. Esta po-
sibilidad es un desafío a la eterna tenta-
ción del rechazo, a la mecánica del chivo
expiatorio y al motor del resentimiento de
los que vive todo populismo.
Con este antídoto y con el conocimiento
de los mecanismos miméticos, el cris-
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Gal. 3,28.
Lucas 6,32.