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Perifèria. Cristianisme, Postmodernitat, Globalització 6/2019 Concebida así, la sociedad pierde los ele- mentos referenciales y de contraste que necesita para ser entendida, puesto que cuanto existe es lo que es no por referirse a sí mismo sino precisamente por referirse a todo lo demás, a cuanto contrasta con ello. De ese contraste nace la concien- cia de la propia singularidad a la vez que emerge la conciencia de la contingencia de cuanto existe y la de la complementa- riedad de todo. De esta complementarie- dad procede la idea de armonía. Las naciones existen en su configuración actual desde hace poco tiempo. No han nacido por la unión de grupos sociales homogéneos. Son un resultado históri- co producido por distintos hechos que han convergido en el mismo sentido: por una dinastía (Francia), por la voluntad de distintos pueblos o provincias (Holanda, Suiza o Bélgica) o por la existencia de un espíritu superador del feudalismo, como en el caso de Italia y Alemania (Renan, 1882, p. 9 y 15). “Una nación es un prin- cipio espiritual, resultante de las compli- caciones profundas de la historia, una familia espiritual, no un grupo determina- do por la configuración del suelo” (Re- nan, 1882, p. 25). En todo caso, existe un sentimiento de pertenencia a una na- ción cuando los individuos sienten que tienen en común cosas que consideran esenciales para su convivencia. Frente a la nación identificada con un te- rritorio y una cultura determinados (len- gua, religión o costumbres, por ejemplo), se encuentra la visión cosmopolita de la vida, que conduce a las personas a per- cibirse y actuar como seres abiertos, que crecen cuando se contemplan como se- res humanos más que como habitantes de un lugar, y conciben la vida como una continuidad histórica pluridireccional. Renan (1882, p. 27) identifica la nación con una gran solidaridad con un pasado común de sacrificios y un futuro que se desea vivir en común. Pero así como las naciones han surgido y se han desarrolla- do, también cambiarán y hasta desapa- recerán, porque la concepción de la rea- lidad y de la vida, y los sentimientos y la voluntad de las personas cambian, y esos cambios conllevan la modificación de las formas de convivencia y de organización de la sociedad. Así, por ejemplo, si cul- mina el desarrollo de la Unión Europea, el concepto de nación española, france- sa, etcétera, se difuminará y ampliará sus horizontes de manera que los españoles, franceses, etcétera, pasaremos a sentir- nos europeos. En todo caso, las naciones son garantía de libertad (Renan, 1882, p. 28), porque es en la nación, identificada como Estado, donde se garantizan los de- rechos y las libertades y donde se adquie- re el estatus de ciudadano. Sin embargo, el lugar del ciudadano no se agota en las fronteras singulares de la nación-Estado, sino que alcanza su dimensión y su desa- rrollo máximos cuando vive con arreglo a una visión cosmopolita. La nación, en la medida que es una construcción histórica, es una construc- ción cultural y política, que surge cuan- 119