Populismos periferiacpg-2019 | Page 118

Perifèria. Cristianisme, Postmodernitat, Globalització 6/2019 cripción ideológica y de sus creencias. El concepto de “nación” es el concep- to referencial y simbólico, identitario, de los grupos socio-políticos que pretenden diferenciarse de otros grupos, sean na- cionalistas o soberanistas. Con el fin de darle un contenido útil para ese fin, este concepto se ha llenado de referencias a la lengua, las costumbres, el territorio, y su existencia se ha fundamentado en una in- terpretación de la historia dirigida a crear un marco identitario que permita aglutinar a cuantos se sienten “nacionales”, o sea, pertenecientes a dicha “nación”. Esta concepción de la “nación” se ha impuesto en muchos lugares como un elemento ideológico, que ha suplantado cualquier otra referencia ideológica. En este marco, ya no son las ideas, que in- troducen pluralidad y promueven el deve- nir de la sociedad a través del debate y la búsqueda de acuerdos, las que determi- nan el presente y el futuro de la sociedad, sino que, frente a la pluralidad, emerge un intento de uniformar la sociedad median- te un marco difícilmente compatible con la pluralidad y, por tanto, con la demo- cracia. De esta manera, los pueblos -en especial, en el uso populista del término pueblo- son algo sustantivo que está por encima de la voluntad de los ciudadanos. Así pues, los Estados-nación han encon- trado en el concepto “nación” la referencia a lo que es común, invariable y, en último lugar, inevitable a todos los “nacionales”, y lo han convertido en la esencia o sus- tancia por la que los “nacionales” son po- lítica, histórica y culturalmente diferentes a todos los demás. Utilizado como ele- mento diferenciador, el término “nación” contiene una carga alienadora, porque enajena al ser humano de su propia di- mensión esencial, la de la humanidad, la de la universalidad de su condición. Los caracteres que nos identifican tam- bién nos diferencian, puesto que ninguna persona es idéntica a ninguna otra que no sea ella misma. Ahora bien, la concepción diferenciadora de la identidad tiene con- secuencias negativas: convierte al otro en un extraño y, en último extremo, en un enemigo que debe ser combatido. Se puede ser extraño por el color de la piel, la procedencia, la lengua, la religión o las costumbres, y el enemigo puede perte- necer a la propia sociedad o proceder de otra, porque puede ser considerado ene- migo cualquiera que sea considerado di- ferente. En todo caso, entre ser señalado como enemigo y ser combatido no hay más que un paso. Se toma la identidad como elemento diferenciador cuando se da más importancia a detalles variables como los citados que a lo que es común, al mínimo común denominador que nos constituye en seres humanos. A los se- res de la misma especie nos iguala lo que Aristóteles denominó esencia, sustancia o forma. Si no fuera así, carecerían de sentido los pronombres personales en plural, el nosotros, el vosotros y el ellos, y solamente cabría hablar en singular. Cuando la identidad se define desde la uniformidad, se niega y se rechaza la plu- ralidad en la vida y la sociedad en general. 118