Perifèria. Cristianisme, Postmodernitat, Globalització 6/2019
cripción ideológica y de sus creencias.
El concepto de “nación” es el concep-
to referencial y simbólico, identitario, de
los grupos socio-políticos que pretenden
diferenciarse de otros grupos, sean na-
cionalistas o soberanistas. Con el fin de
darle un contenido útil para ese fin, este
concepto se ha llenado de referencias a la
lengua, las costumbres, el territorio, y su
existencia se ha fundamentado en una in-
terpretación de la historia dirigida a crear
un marco identitario que permita aglutinar
a cuantos se sienten “nacionales”, o sea,
pertenecientes a dicha “nación”.
Esta concepción de la “nación” se ha
impuesto en muchos lugares como un
elemento ideológico, que ha suplantado
cualquier otra referencia ideológica. En
este marco, ya no son las ideas, que in-
troducen pluralidad y promueven el deve-
nir de la sociedad a través del debate y la
búsqueda de acuerdos, las que determi-
nan el presente y el futuro de la sociedad,
sino que, frente a la pluralidad, emerge un
intento de uniformar la sociedad median-
te un marco difícilmente compatible con
la pluralidad y, por tanto, con la demo-
cracia. De esta manera, los pueblos -en
especial, en el uso populista del término
pueblo- son algo sustantivo que está por
encima de la voluntad de los ciudadanos.
Así pues, los Estados-nación han encon-
trado en el concepto “nación” la referencia
a lo que es común, invariable y, en último
lugar, inevitable a todos los “nacionales”,
y lo han convertido en la esencia o sus-
tancia por la que los “nacionales” son po-
lítica, histórica y culturalmente diferentes
a todos los demás. Utilizado como ele-
mento diferenciador, el término “nación”
contiene una carga alienadora, porque
enajena al ser humano de su propia di-
mensión esencial, la de la humanidad, la
de la universalidad de su condición.
Los caracteres que nos identifican tam-
bién nos diferencian, puesto que ninguna
persona es idéntica a ninguna otra que no
sea ella misma. Ahora bien, la concepción
diferenciadora de la identidad tiene con-
secuencias negativas: convierte al otro
en un extraño y, en último extremo, en
un enemigo que debe ser combatido. Se
puede ser extraño por el color de la piel,
la procedencia, la lengua, la religión o las
costumbres, y el enemigo puede perte-
necer a la propia sociedad o proceder de
otra, porque puede ser considerado ene-
migo cualquiera que sea considerado di-
ferente. En todo caso, entre ser señalado
como enemigo y ser combatido no hay
más que un paso. Se toma la identidad
como elemento diferenciador cuando se
da más importancia a detalles variables
como los citados que a lo que es común,
al mínimo común denominador que nos
constituye en seres humanos. A los se-
res de la misma especie nos iguala lo que
Aristóteles denominó esencia, sustancia
o forma. Si no fuera así, carecerían de
sentido los pronombres personales en
plural, el nosotros, el vosotros y el ellos, y
solamente cabría hablar en singular.
Cuando la identidad se define desde la
uniformidad, se niega y se rechaza la plu-
ralidad en la vida y la sociedad en general.
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