1930-1975: la primera ola del populismo en América Latina
Cartel propagandístico de Juan Domingo Perón, pintado por Raúl Manteola y expuesto en el Museo del Bicentenario (1948).
El inicio de la llamada primera ola del populismo latinoamericano se relaciona con los duros efectos económicos que tuvo la Gran Depresión iniciada en 1929 y con los cambios sociales que se produjeron en el período entre los que destaca la emigración del campo a la ciudad que propició un aumento de las demandas de derechos políticos y sociales. Los tres ejemplos más representativos fueron Brasil, Argentina y Ecuador, donde llegaron al poder Getúlio Vargas, Juan Domingo Perón y José María Velasco Ibarra, respectivamente, apoyándose en «el pueblo». Los tres adoptaron la ideología del americanismo que defendía la identidad común de todos los habitantes de América Latina y al mismo tiempo denunciaba las injerencias «imperialistas», y los tres adoptaron tendencias corporativistas.37
Según Mudde y Rovira Kaltwasser, los tres coincidieron esencialmente en su definición del «pueblo puro», como «una comunidad mestiza virtuosa compuesta de campesinos y trabajadores» ―excluyendo de ella a los indígenas y a los negros― y de la «elite corrupta» como una «oligarquía nacional en alianza con fuerzas imperialistas, que se oponía al modelo de industrialización por sustitución de importaciones», con lo que no identificaban a esa elite con el establishment sino solo a la parte de él que se oponía a ellos.38
Fuera de América Latina durante este periodo el populismo fue prácticamente inexistente. En Europa solo se puede señalar al poujadismo de los años 1950 en Francia. Aunque solo consiguió un relativo éxito político en las elecciones legislativas de Francia de 1956, el poujadismo dejó una huella en la política francesa hasta el punto de que «poujadismo» se convirtió en sinónimo de populismo.38 En América del Norte, entre las décadas de 1930 y 1960 se desarrolló en Canadá el movimiento del Crédito Social, que se articuló en partidos regionales y en un partido político nacional (el Partido Crédito Social de Canadá, los socred). Y en la década de 1950 en Estados Unidos se extendió el macartismo, un movimiento anticomunista profundamente reaccionario para el que «el pueblo» eran los (verdaderos) americanos corrientes y patrióticos, y «la elite corrupta», los sectores acomodados del Nordeste del país que simpatizaba con las ideas socialistas «antiamericanas» y que vivía a expensas del duro trabajo del «pueblo». El macartismo desapareció cuando se conocieron los excesos cometidos durante la caza de brujas anticomunista dirigida por el senador por Wisconsin Joseph McCarthy, pero la estela populista derechista que dejó fue aprovechada por algunos políticos conservadores como el republicano Richard Nixon, que apeló a la «mayoría silenciosa» en referencia al (verdadero) «pueblo americano» que no se dejaba embaucar por la elite (liberal) que pretendía silenciarlo, o George C. Wallace, exgobernador del estado de Alabama, que se presentó a las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 1968 como candidato del ultraderechista y segregacionista Partido Independiente Americano ―consiguió casi diez millones de votos, el 13,5% de los emitidos―.39