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Andrea de Cano
Pasaron las décadas hasta que el 3 de febrero de 1992, el presidente
de Argentina Carlos Menem firmó un decreto por el cual se levantó el
secreto sobre la documentación de los nazis. Su contenido fue
decepcionante por ser ya conocido por años, lo positivo fue que pudo
certificar la llegada de los nazis a la Argentina, quedando abierta todas
las posibilidades de que el Führer también llegara con ellos.
El 20 de noviembre de 1996, la prensa nacional argentina empezó a
publicar artículos referentes a los desembarques clandestinos de
submarinos, reavivando antiguas conjeturas sobre la llegada de los
jerarcas nazis. A los pocos días la noticia se difundió en el exterior: ya
el 22 de noviembre la agencia AFP largó un comunicado que fue
retomado el día siguiente por el periódico chileno “El Mercurio”,
agregando que un equipo de buzos privados inició la búsqueda del
submarino hundido, el buzo profesional Tony Brochado dijo que cuenta
con la autorización de prefectura naval, para comenzar la búsqueda del
U-BOOTE alemán.
El 5 de diciembre de 1996 Harry Cooper, desde Washington interesado
en una futura operación rescate, tenía unas posibles explicaciones
sobre el misterio que rodea la existencia de la presencia de restos
submarinos nazis en la Patagonia. Explico que los alemanes viajaron
de Europa a Argentina entre 1944 y 1945, con toneladas de oro y de
tesoros. En la primera quincena de marzo 1998 se repitió la búsqueda
con otros integrantes, siguiendo los puntos GPS (Global Positioning
System) del mapa magnético se pudo verificar que el U-Boote está
bajo arena.
En el libro Patagonia punto crítico se puede leer, en referencia a
ASTRA, que es un empleado jubilado de la empresa Schalch le cuenta
que el primer planeador que tuvo el grupo cóndor fue un obsequio
especial, llegado de Alemania, de parte del mismo Hitler.
“Dentro del partido nazi, Rosenberg fue el más filosofo de todos los
jefes hitlerianos. Perdido en las brumas del idealismo, Rosenberg lo
fue hasta las últimas consecuencias, puesto que, en vísperas de ser
ejecutado en Nuremberg en 1946, todavía consideraba al nacional
socialismo como: „la idea más noble al servicio de lo cual un alemán
puede consagrar sus fuerzas‟; aunque repudiara los horrores
cometidos como una increíble falsificación de la doctrina pura.
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