aprovechó para susurrarle algo al oído. Los agentes se percataron del extraño gesto,
pero no llegaron a ver nada claro.
Después de unas preguntas rutinarias y ante la imposibilidad del reconocimiento del
cadáver porque todavía no se encontraba en las dependencias de la comisaría, cosa
que enfureció a la madre acusándolos a gritos de incompetentes deciden irse a casa
ante la promesa de los agentes de avisarles en cuanto tuviesen novedades sobre el
caso. Durante el camino al parking de la comisaría se mostró impasibe y buscaba la
mejor manera para informar a sus otros hijos .
Solo subir al coche para dirigirse a casa, la madre estalla y entre sollozos exclama:
¡Somos un fracaso como padres! ¡Tuvimos tres hijos con mucha ilusión y anhelo
para luego no prestarles la más mínima atención! ¡En parte, somos
responsables de la muerte de nuestra hija!¡Somos unos esclavos del trabajo!
¡Hemos sacrificado a nuestra familia por el maldito dinero!
El padre, con un semblante más tranquilo, como si no fuera con él la cosa le contestó:
¡Tranquila, mujer, que todo se va a aclarar! No pararemos hasta que todo se
descubra.
Saúl Padilla, el padre de la víctima, era un hombre extremadamente delgado ya que
pesaba poco más de 50 kilos, algo extraño para una persona alta y con su edad. A
pesar de su cuarenta y siete años y su actitud estoica ante la vida gozaba de una
situación económica bastante desahogada, ya que su trabajo como abogado en la
notaría de Peñíscola le daba incluso para algunos caprichos. Sin embargo, además de
permitirle algunas extravagancias, su trabajo le había acarreado más de un disgusto y
también algún que otro enemigo que quizá haya encontrado su venganza en la muerte
de su hija.
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