Patricia González, la madre era un poco más joven que su marido. Recordaba
perfectamente el día que se conocieron en la feria del puerto; ella llevaba su melena
morena suelta y se agitaba por el viento de levante que soplaba aquel día. Él vio sus
ojos azules ante la luz del sol poniéndose y se enamoró de ella inmediatamente.
Entonces ella tenía 21 años; ahora iba camino de los 43. El tiempo es fugaz pensaba
cada vez que recordaba la escena. Trabaja como maestra en el colegio de primaria de
Peñíscola donde lleva más de 20 años impartiendo clases. La pareja, debido al trabajo
de Saúl, tienen la agenda de actos sociales bastante completa. Acuden a todos los
eventos importantes y ya no les queda casi tiempo para dedicarse a sus hijos. El
ambiente en el coche se va enrareciendo cada vez más porque a Patricia no le
convence nada la respuesta de su marido:
¡Cómo que me tranquilice que todo se va a arreglar! ¡Pero qué cínico y frío eres! ¡No
puedo contigo, me sacas de quicio!
¡No podemos hacer nada! ¡Debemos aceptar los hechos y hacernos a la idea de que
nadie puede devolvernos a nuestra hija! ¡Es cuestión de tiempo! ¡Está en manos de la
policía y ellos ya saben lo que tienen que hacer!
Pero, ¡cómo puedes confiar en la policía! le contestó su mujer amargamente ya has
visto lo que ha pasado con el cadáver, ni siquiera lo hemos podido ver porque todavía
no estaba en el depósito. Así, nunca descubriremos al desaliñado, al monstruo que fe
capaz de… no consiguió acabar la frase.
Enfrascados en la disputa llegaron sin darse cuenta a la puerta de su casa. Salieron del
coche tomando ánimo para darles la fatídica noticia a sus dos hijos mayores: Juan
Carlos de 22 años, al que todos llaman cariñosamente Juanki estaba sentado en el
sofá pensativo. Era, moreno y de complexión corpulenta y al mismo tiempo atlética
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