La siguiente en declarar fue Sophie. El inspector jefe quedó extrañado al observar la tranquilidad con la que entró en el despacho. Se la veía una chica desenvuelta y con mucho aplomo, todo lo contrario a lo que la orientadora le había comentado sobre ella. Se inicia el interrogatorio: Sophie, ¿ dónde estabas en el momento de los hechos? En conserjería haciendo fotocopias Respondió Sophie ¿ En conserjeria? ¿ Todo el tiempo? Pues, no sé... antes fui al baño. ¿ Cuánto tiempo estuviste ausente? Pues no lo sé exactamente … puede que unos 10 minutos o más. Nunca llevo reloj. ¿ Observastes algo extraño? No, no ví nada, pero todo depende de lo que usted considere extraño respondió de forma chulesca. Esta inesperada respuesta desconcertó al inspector al tiempo provocó su furia. Mariano Larrea, a pesar de sus cincuenta y tantos años conservaba un gran atractivo debido a su constitución atlética. Era muy alto, moreno con unos ojos verdes cautivadores. Hacía tres años que lo habían ascendido con su consecuente nuevo destino en Peñíscola. Hasta ese día el trabajo era rutinario y eso le provocaba un gran aburrimiento. Peñíscola era una ciudad demasiado tranquila para él y siempre acababa rellenando informes de infracciones de tráfico de menor importancia. Estaba separado y tenía dos hijos adolescentes a los que sólo veía dos veces cada mes ya que vivían en Madrid con su madre. Al descolgar el teléfono ese mañana no podía creer que se hubiese cometido un asesinato y menos en el tranquilo instituto de educación
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