Sí respondió Ana aunque tengo miedo de quedarme dormida al volante
porque salgo a las tres y no he descansado mucho esta noche. Pero supongo
que no es nada que no se pueda arreglar con dos cafés bien cargados.
Entonces, ¿puedo acompañarte?... Si quieres, claro. Yo me voy a casa, vivo en
Cullera. Me dejas en la salida de la autopista, sin salir de ella y viene un amigo a
por mí. Te daré conversación durante el viaje y así el trayecto se hará más
ligero.
¡Muy buena idea! Por mí, no hay ningún problema y a la vuelta te recojo en el
mismo sitio que te he dejado.
¡Ok! A las tres nos encontramos en la puerta del instituto.
Laia Dominguez hacía cuatro años que trabajaba como conserje en Peñíscola. Era una
mujer de mediana edad, soltera, no muy alta, morena de tez blanquecina y pelo corto.
Vivía muy apegada a su familia y este destino le había servido como liberación...por fin
vivía sola, a sus anchas, sin nadie que le diese órdenes. De vez en cuando su madre
venía a pasar unos días y cada 15 días iba a visitarla.
Una vez prestada declaración, el policía judicial le comentó que no hiciese planes para
ese fin de semana porque la llamarían de nuevo para declarar. A Laia esto no le hizo
mucha gracia porque justamente ese finde le había organizado una fiesta sorpresa de
cumpleaños a su mejor amiga y no podía faltar. Intentó convencer al inspector pero
este impasible le dijo que no era posible, que se tenía que quedar por si la necesitaban
de nuevo.
Una vez libre, se reunió con Ana para comentarle el cambio de planes. Pensó que Ana
tampoco podría ir a ver a su familia y sintió un poco de pena por ella pues esa mañana
la había visto bastante hundida anímicamente.
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