Mictlantecuhtli número cero RevistaAntropologica2 | Page 37
maquillaje en los ojos y labios, traía una bolsa en la mano derecha en lo que se alcanzaba a distinguir
una botella. Le invite a pasar, me sonrió y obedeció mi sugerencia sin decir palabra, se dirigió al to-
cador que había al fondo de la habitación, deposito sus cosas y saco la botella, era vino tinto, no soy
buen bebedor de vino pues prefiero los sabores muy dulces pero esta tarde haría una excepción, ella
lo valía. Sin decir palabra nos reunimos cerca de la cama como atraídos por la gravedad, nos besamos
apasionadamente y mis manos comenzaron a recorrerla con desesperación, en menos de dos minu-
tos ya la había dejado solo en bragas mientras mis manos la seguían recorriendo y mi lengua buscaba
la suya dentro de su boca, baje a besar su cuello pero solo como escala para llegar a sus pechos, con
los cuales había soñados bastantes noches, ella comenzaba a gemir y me acariciaba el cabello con
fuerza al tiempo yo seguía succionando, lamiendo y mordiendo todo lo que encontraba a mi paso en
los senderos de esa bella piel. De repente me paro en seco y me aparto, se me quedo viendo y se
abalanzo sobre mí, al parecer era su turno, con manos diestras desabotono mi camisa la cual aventó
por los aires en cuanto me la hubo quitado, con la misma agilidad se deshizo de mi cinturón y desa-
brocho mi pantalón para después meter su mano, como queriendo comprobar que ya estaba listo para
la acción, de un solo tirón me dejo solo en calcetines, como pude empareje la situación y eliminando
sus bragas de la ecuación. Todo fue tan ardiente e intenso como lo esperaba y ella parecía ser una
maestra en las artes amatorias y yo, por fortuna, estuve a la altura en el primer round.
-traje vino- dijo una vez que nos encontrábamos acostados y en periodo de recuperación, aún con la
respiración entre cortada. La bese de nuevo y me pare por el vino abrí la botella y jale los vasos que
había en el tocador. Bebimos un poco mientras platicábamos, me desviví en halagos para ella de los
cuales parecía avergonzada pero gustosa de escucharlos. En breve dejamos de hablar para seguir
besándonos, aún me sentía con muchos deseos de ella lo que se hizo evidente de inmediato en mi
entre pierna, hecho que ella noto, me miro y sonrió diciendo “muy bien”, antes de que me diera cuenta
estaba sobre mi besándome el cuello y mordiéndome la oreja. – ¿Te puedo vendar los ojos?- Pregunto
a mi oído con voz muy cachonda, yo estaba tan caliente que no podía negarle nada así que accedí,
aún no sé de donde saco la venda pero en pocos momentos ya me encontraba en total oscuridad, mis
manos bien agarradas a sus caderas y mi boca buscándole, concentrado en tener su cuerpo sobre el
mío no escuche más que sus gemidos y los míos antes de sentir un fuerte pinchazo en el cuello, de
inmediato un fuerte ardor me invadió y una sensación de pesadez como nunca había sentido, como
pude me quite la venda y pude ver en su mano una jeringa, intente quitármela de encima pero no tenía
fuerzas, ahora solo podía ver lo que sucedía sin poder realizar ninguna acción, pude verla riéndose
a carcajadas con la jeringa en la mano mientras seguía con su lento movimiento, después de un rato
termino, se bajó de mí, se vistió y se dirigió a la puerta de donde salieron tres tipos con maletines en
la mano y una hielera pequeña.
-ahí esta- escuche que dijo ella a los hombres, uno de ellos saco un fajo de billetes para dárselo.
Ella regreso recogió lo que quedaba de sus cosas, se dirigió a mí, me dio un beso y dijo –lo siento,
corazón, pero la pasamos bien ¿no?, gracias- acto seguido se fue sin voltear atrás. Lo que siguió no
puedo recordarlo con claridad, solo recuerdo algunas sensaciones, me cargaron en vilo y me llevaron
al jacuzzi, me pusieron boca abajo y sentí una cortada profunda en la espalda baja, esa sensación
tibia que se siente cuando la piel es cortada pero exponenciada mil veces, después sentí como si me
estrujaran desde adentro y como si me arrancaran parte de las entrañas, uno de los tipos me tomaba
las muñecas para mantenerme en la misma posición, mientras los otros dos sujetos estaban a mi es-
palda. Al concluir uno de los tipos me dijo: Ya ves, pendejo, por andar de caliente. Después me dio un