Ismael Sierra Estrada
Y enseguida sentí una picazón en mi espalda, como si fuera una picada de Yanabe. Resulta que había recibido cuatro tiros en la espalda. Y así me fui caminando y me caí al frente de un Bambú, que quedaba en la casa de Plutarco serrano.
Yo no pude más parar. Dos tiros me habían atravesado lado a lado. Y un tiro había incrustado en la espalda y uno en la mano.
Me acuerdo tanto de toda la vida, que yo parecía como un cajuche. No podía respirar y aullaba no más.
Y al lado mío donde yo había caído, el asiento que estaba a ladito del bambú, estaba un trabajador de nosotros de tribu Tukano. Ni siquiera fue capaz de levantarme. Porque yo no podía levantarme.
Cuando voltié mirar vi que venía detrás de mí, una persona de sombrero negro con un poncho. Y traía una arma blanca larga para rematarme.
Cuando yo vi esta persona yo cogí como fuerza. Descargué los cascarones que había reventado.
Saqué de mis bolsillos. Volví lo cargué mi arma e intenté pararme. No podía.
De ahí me di cuenta que yo estaba perdido.
Resulta que mi hermano, vio que yo salí de la tienda disparando, mal herido. Se había dado cuenta que había disparado ese man. Y mi hermano se calló al suelo protegiéndose. Y en seguida se dio cuenta. La persona que iba tras mi era para rematarme.
De un momento de otro mi hermano se levanta a disparar. Él tenía una pistola que había comprado, a uno de los compradores de la familia Murcia. Y la pistola era lo mejorcito que había en ese tiempo. Estaba niquelada de oro, y mi hermano la había cambiado por un kilo de coca que en ese tiempo valía mucho.
El disparo de mi hermano le causó las heridas de las piernas, dejándolo en el suelo. Se vinieron corriendo los dos muchachos compañeros. Lo
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