Mi primera revista sterio de Belicena Villca editorial de la cas | Page 595

¨El Misterio de Belicena Villca¨ Orden de Caballeros Tirodal. Como lo supusiera, su esposa, una amable y simpática mujer de nacionalidad italiana, ignoraba todo lo concerniente a la ubicación de la Orden Tirodal. Me aseguró que Oskar murió de muerte natural, pero muy feliz por las satisfacciones espirituales que recibiera en los últimos años. Sabía sobre la existencia de la Orden, y bastante más sobre la historia de tío Kurt, y se extrañó que él no la hubiera mencionado. Le expliqué que con tío Kurt no tuvimos demasiado tiempo para hablar, y que él había dejado pendiente muchos temas a los que ya jamás me daría respuesta: –Pero ¿qué le ha pasado a Kurt? –preguntó ella–. ¿Ha muerto? Si es así le diré todo lo que sé, que no es bastante, y mucho menos de lo que busca. Mire, yo sé de Ud.: sé que es un sobrino de Salta, hijo de su hermana y de un alemán argentino. ¿Y sabe como lo sé? No por Kurt, que jamás diría nada, sino por el bueno de Oskar, que le amaba como a un hermano y compartió conmigo toda su historia. Por eso le referiré lo que él no le dijo: Yo soy italiana, eso es obvio; lo que no es tan obvio es que Yo era una novicia del Monasterio donde Von Grossen y Oskar Feil debieron refugiarse dos años, después de 1945, con la compañía posterior de su tío Kurt. Bien, Oskar y Yo nos enamoramos, y cuando se vino a la Argentina, no tardé en seguirlo y casarme con él en este país, donde hemos sido muy felices: tuvimos una pareja de hijos que ya van a la Universidad. Por eso me extraña que no me mencionara, pues su tío me conocía casi tanto como Oskar. ¿Y qué le ha ocurrido a él? Cuéntemelo con confianza; ¿ha debido huir de esos terribles enemigos que según Oskar no cesarían de buscarlo hasta su muerte? –No Señora –aclaré–. Afortunadamente tío Kurt no ha muerto, no obstante ser cierto lo que Ud, supone: aquellos “terribles enemigos” al fin lo encontraron, y exterminaron a toda su familia, que era también la mía. Es decir, toda mi familia, mis padres, mi hermana, sobrinos, y parientes lejanos, fueron asesinados hace un año; pero los asesinos no consiguieron acabar con nosotros. Y por ese motivo, tío Kurt partió hace más de un año, asegurando que jamás regresaría. Sólo he quedado Yo, con la misión de encontrar a los Caballeros Tirodal. – ¡Lamento mucho lo sucedido, pues conocía cuánto él quería a su hermana Beatriz! Justamente, evitaba los encuentros con ella por temor a comprometerla y causarle daño involuntariamente. Me mordí los labios al oír esa verdad: tío Kurt la protegió durante 35 años y Yo la entregué en un instante en mano de sus verdugos. Las noticias de la Señora Feil no eran, por otra parte, muy alentadoras con respecto a la Orden: –Me temo que nada podré hacer por Ud., pues es muy poco lo que me reveló Oskar sobre la Orden de Caballeros Tirodal. Desde luego, no me dio ningún dato sobre sus miembros o los lugares de las reuniones. La miré sin poder disimular la decepción. Mi expresión le resultó cómica, porque sonrió y me alentó a tener esperanzas: existía una posibilidad. –Algo haremos, Dr. Siegnagel; es lo único que está en mis manos; y ruegue a sus Dioses para que dé resultado. Oskar tenía una caja de seguridad en su escritorio en la que guardaba las cosas de la Orden. Varias veces me recomendó que si “algo” le sucediese, y alguien de la Orden se presentaba a reclamar sus pertenencias, debía devolverles sin discusión el contenido de ese cofre. Pero hasta el presente nadie, salvo Ud., ha solicitado informes sobre la Orden, por lo que Yo jamás he abierto su caja de seguridad. Lo que haremos, entonces, será examinar el contenido de la caja y tratar de encontrar alguna pista. Fuimos enseguida al estudio del finado Oskar y, con ansiedad creciente, aguardé que la Señora Feil digitara la combinación de la cerradura. Al fin se abrió y quedaron a la vista los objetos reservados. La magra herencia esotérica de Oskar Feil consistía en dos objetos: un libro y una revista vulgar. Será difícil que alguien logre representar mi perplejidad de ese momento. El libro era un ejemplar de “Fundamentos de la Sabiduría Hiperbórea”, por Nimrod de Rosario, exactamente igual al que tío Kurt me diera a leer en Santa María, y que ahora tenía en mi poder. Y la revista, se trataba de un número de Spot's, con tres años de antigüedad. La Señora Feil terminó compartiendo mi preocupación y, no sabiendo de qué modo conformarme, o deseando que la entrevista concluyese cuanto antes, me entregó las dos 595